
¿Alguna vez sentiste que a tu vida le falta algo, pero no podés definir qué es?
Si te pasa, entonces estamos en el mismo banco de plaza, intentando entender si eso que sentimos, pensamos y creemos puede darle forma a algo que llamamos “sentido de la vida”.
No necesariamente hay un único sentido. De hecho, sería limitado que así fuera. Pero sí intuimos que hay formas de sentido que se vuelven más significativas que otras, más habitables, más propias. Y en esa búsqueda —o en ese intento— hay algo que nos hace sentir vivos.
Puede sonar contradictorio, pero muchas veces no es la certeza lo que llena la vida, sino la tensión de aquello que todavía no logramos definir. No es que no exista: es que aún no sabemos nombrarlo.
¿El sentido de la vida se encuentra o se construye?
Uno de los libros que mejor expresa esta idea es El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. No porque proponga una respuesta definitiva, sino porque muestra que incluso en las condiciones más extremas el sentido no desaparece: se transforma. No surge de la nada, sino de la actitud que adoptamos frente a lo que vivimos.
Esa mirada permite entender que el sentido de la vida no está solo en lo que descubrimos, sino también en cómo interpretamos la experiencia. No es un objeto que encontramos ni una teoría que aprendemos: es una relación que construimos con lo que nos pasa.
En otro extremo podríamos ubicar a la Madre Teresa de Calcuta, cuya vida estuvo orientada por una convicción profunda. Sin embargo, incluso en ese camino hubo dudas y tensiones. Lo que desde afuera parece certeza muchas veces es, en realidad, una forma sostenida de atravesar la incertidumbre.
Y en el medio estamos nosotros: personas comunes, que no necesitamos dedicar nuestra vida a una única causa, pero que tampoco podemos evitar preguntarnos por el sentido.
Tal vez una clave esté en dejar de pensar el sentido como algo que simplemente se encuentra y empezar a pensarlo también como algo que se construye. No como una verdad absoluta, sino como una forma de vivir que nos resulte significativa.
El ser humano no solo descubrió el mundo: también lo interpretó, lo narró y lo transformó. A veces buscamos respuestas en lo que podemos explicar; otras, en lo que sentimos. Pero ambas direcciones forman parte del mismo proceso: darle sentido a la experiencia.
El problema aparece cuando creemos que el sentido está completamente afuera o completamente adentro. En realidad, se construye en la relación entre lo que vivimos y lo que hacemos con eso.
Por eso, más que elegir entre descubrir o crear sentido, tal vez se trate de asumir que siempre hacemos ambas cosas al mismo tiempo.
En Matrix, Neo tiene que elegir entre una realidad construida y una verdad difícil de sostener. Pero nuestra situación es distinta: no creamos el mundo desde cero ni elegimos entre opciones totalmente cerradas. Nos movemos dentro de contextos que no controlamos, pero en los que sí podemos decidir cómo actuar.
No podemos darle sentido a cada acción que realizamos, ni sería deseable hacerlo. Sería agotador. Pero sí podemos prestar atención a esos espacios donde sentimos vacío, incomodidad o falta de dirección. Ahí aparece la oportunidad de intervenir.
El vacío también construye sentido
Lo interesante es que esos vacíos no son iguales para todos. Y en esa diferencia encontramos la posibilidad de aprender de otros, no copiando sus respuestas, sino reconociendo que existen múltiples formas de construir sentido.
Cada persona, en algún momento, termina armando su propio “perfume”: una combinación única de experiencias, decisiones y formas de interpretar lo vivido.
La pregunta, entonces, no es solo cuál es el sentido de la vida, sino algo más cercano y, quizás, más honesto:
¿Qué forma de vida hace que la tuya tenga sentido para vos?
