Lagos en la ruta: inteligencia artificial, espejismos y el sentido de la existencia

Ruta recta en un paisaje árido con un espejismo que simula un lago en el horizonte bajo un cielo con nubes y luz dorada.

Los espejismos que se forman en la ruta me hacen pensar cuántas realidades somos capaces de crear los seres humanos. Si una simple conjunción de calor, asfalto, viento y algo de luz crea lagos donde no los hay, ¿cuántas otras cosas que vemos a la distancia creemos que son reales cuando solo son meros espejismos?

Esta discusión sobre la realidad y la verdad es tan vieja como la existencia misma; sin embargo, hoy, con los avances de la tecnología y la capacidad de crear nuevas realidades que el cerebro no distingue, nos vemos obligados a repensar las formas en las que nos relacionamos con el mundo y con las demás personas.

¿Qué cambia cuando la IA altera nuestra percepción de la realidad?

Hasta hace poco, cuando la inteligencia artificial no era protagonista en la vida cotidiana, la interacción con la realidad era intuitiva. Aun cuando se cambió el paradigma sobre qué astros giraban alrededor de otros, o cuando la relatividad modificó la idea sobre el tiempo y el espacio, esos descubrimientos no afectaron nuestros comportamientos cotidianos. La diferencia entre comprensión intelectual y vivencia no generó una modificación en nuestra percepción de la realidad.

Sin embargo, la tecnología de Realidad Aumentada, Realidad Virtual y la generación de videos por inteligencia artificial sí alteran nuestra percepción de cómo interactuamos con el mundo. Esta nueva realidad obliga a desarrollar una capa de percepción capaz de diferenciar el mundo digital del físico. Pero ¿cómo entrenamos al cerebro para que distinga, y así aprovechar todo el potencial de la tecnología sin caer presos de su ilusión?

¿Puede la legislación protegernos de los espejismos digitales?

En algunos centros de pensamiento se cree que la legislación puede ser una manera de salvaguardar estas fronteras, pero soy escéptico. Si algo demuestra la historia es que los cambios que se instalan son los que la gente elige, y dejan de existir cuando son reemplazados por una nueva conducta. Las leyes ordenan, pero no definen a las sociedades.

La propuesta entonces no es legislar, no es interrumpir ni dosificar el avance tecnológico, porque más allá de las posibilidades reales de hacerlo o no, va en contra de lo que la historia de la evolución humana nos muestra. La evolución es una consecuencia, no una decisión.

Conciencia y tecnología: operar dentro del contexto, no contra él.

No tenemos que aferrarnos a las decisiones sino a los procesos y a cómo intervenir en ellos. No me refiero a las decisiones individuales que tomamos como sujetos libres, sino a que no somos quienes tenemos la capacidad de modificar los contextos, sino de operar dentro de ellos.

Podemos vivir nuestra vida con múltiples facetas y creencias, pero no podemos escapar de nuestra biología; es un contexto que nos condiciona y que, en última instancia, es el vehículo con el cual transitamos esta experiencia humana. El desafío no es decidir el futuro, sino cómo adecuar el ser —mente, alma, espíritu y biología— para interactuar en estos nuevos contextos.

La evolución humana en la era de la inteligencia artificial.

Si bien podríamos asumir que estamos ante un cambio pocas veces visto en la historia humana, creo que solo es un cambio más dentro de nuestro proceso evolutivo. Dentro de ese camino que nos define como Homo, esta etapa es apasionante porque somos contemporáneos de una revolución que afecta nuestras capacidades del ser.

Comenzando por la biología, seremos capaces de ampliar nuestras expectativas de vida en décadas, mejorando la calidad con la que afrontaremos esa longevidad. Nuestras capacidades racionales también se verán potenciadas al interactuar con más información y procesos de comprensión más rápidos. Esto modificará los contextos de sentido, donde el espíritu y el alma accederán a nuevas maneras de definir su presencia en la conciencia humana.

El viaje y la pregunta que no tiene GPS.

Pero como los espejismos en la ruta, que a la distancia pueden parecer grandes ríos, al llegar a ellos se desvanecen. Lo mismo sucederá con la tecnología. Al calor de las noticias y el desarrollo tecnológico parece que vamos a tener muchos ríos y lagunas por delante, pero no sabremos si son reales o no hasta que lleguemos. La pregunta entonces no es qué será, sino cómo avanzamos hacia ello.

La respuesta desde mi asiento detrás del volante es prestar atención a las señales que van apareciendo y asumir mi rol como protagonista en la construcción de ese camino: el mío, individual, y en colaboración con quienes me acompañan en el viaje. Comprendiendo que cada uno también maneja su propio vehículo, en el cual yo soy el acompañante.

El mayor desafío que encuentro para definir mi viaje no es hacia dónde voy, ni el auto que manejo o los acompañantes, sino para qué y cómo quiero hacerlo. No es una pregunta práctica sobre el destino o el camino, sino sobre el viaje en sí: qué sentido tiene hacerlo y cuáles son los valores que me hacen sentir a gusto en mi asiento.

La gran pregunta es qué sentido le doy a este viaje que, por ahora, solo tiene un ticket de ida.

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