
¿El propósito de la vida es algo que se encuentra… o es un mito que necesitamos creer para avanzar?
Esta frase apareció en el comentario de un video sobre el sentido y el propósito, y me resultó lo suficientemente potente como para repensar algo más profundo:
¿qué lugar ocupan nuestras creencias a la hora de justificar lo que hacemos?
Desde mi mirada, las creencias operan en dos niveles.
Uno cultural, que nos permite estructurar el mundo que nos rodea.
Y otro individual, que surge de una conjunción de emociones, reflexiones y cierta sintonía con algo que no siempre podemos explicar desde lo racional.
Pero no quiero ir hacia ese plano ahora.
Quiero quedarme en lo cotidiano: en cómo intentamos responder preguntas que, dentro del mapa de la existencia, aparecen como territorios inhóspitos.
Y, en particular, quiero hablar del propósito.
¿El propósito de la vida realmente existe?
Durante mucho tiempo se nos enseñó que el propósito es una especie de brújula: aquello que nos orienta y le da sentido a nuestro paso por la vida.
Como si al nacer recibiéramos un manual de instrucciones para sobrevivir, un anexo para ser felices y un mapa para llegar a esos lugares.
En ese esquema, la brújula tendría una función clara: no perdernos.
Sobrevivir responde a una lógica biológica.
Ser felices, en cambio, parece estar ligado a esa sensación primaria de bienestar que ya experimentamos desde nuestros primeros momentos de vida.
Podríamos decir que ambos son propósitos bastante universales.
Pero el problema aparece cuando empezamos a crecer y descubrimos que las “recetas” de esos manuales no coinciden con nuestra forma de leer el mapa.
Ahí empieza la aventura.
Y, muchas veces, también el despertar.
Creencias, mapas y brújulas: cómo construimos sentido.
Si volvemos a la frase inicial, aparece algo interesante:
¿por qué decir que el propósito es un mito?
Generalmente, los mitos se entienden como algo falso o carente de realidad.
Desde una mirada puramente racional, eso tiene sentido.
Pero la misma frase introduce otro mito: la idea de una deidad que planifica por nosotros.
No porque sea verdadero o falso, sino porque no puede ser comprobado en términos racionales.
Entonces, lo interesante no es discutir si el propósito existe o no, sino entender que, al final, son los mitos —las metáforas, las creencias— los que terminan dándole sentido a nuestras acciones.
Los manuales, los mapas y las brújulas solo funcionan en la medida en que creemos en ellos.
El sentido no se encuentra, se dibuja mientras avanzamos.
Y si no podemos salir del mapa —ya sea porque es la única realidad posible o la única a la que tenemos acceso— entonces el sentido no está dado de antemano.
Se construye mientras caminamos.
Se dibuja mientras avanzamos.
Tal vez, si Dios se ríe de nuestros planes, no sea una burla.
Tal vez sea la satisfacción de ver que sus creaciones intentan crear algo propio.
Porque, de otra manera, la vida sería profundamente frustrante si no tuviéramos la posibilidad de hacer algo nuestro con lo que tenemos.
Entonces sí: el propósito puede ser un mito.
Pero es un mito que nos permite movernos, elegir, intentar, equivocarnos… y seguir.
La vida es una existencia llena de posibilidades.
Y como un niño que elige sus juguetes, nosotros también podemos hacerlo: ver con qué contamos, qué queremos crear y con quién queremos jugar ese juego.
Si esta idea también te resuena, quedate un rato en este banco de plaza.
Tal vez no encontremos el propósito… pero sí una forma de caminarlo.


