¿Qué hacer con las fantasías?

Las fantasías muestran una verdad que a veces no queremos ver.

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Un cofre de madera cerrado con candado y una llave apoyada sobre la tapa, en una habitación cálida e íntima. Un sillón con ropa cuidadosamente apoyada y un par de zapatos de hombre y de mujer evocan el espacio privado donde muchas fantasías permanecen guardadas.
Hay deseos que nunca contamos. No porque necesariamente queramos vivirlos, sino porque todavía no entendemos qué vienen a decirnos.

Cuando caminamos por la vida, vamos haciendo planes sobre esas cosas que sería genial que nos pasen. Y si bien debemos tener muchas que olvidamos, hay algunas que se quedan fijadas en nuestra mente y comienzan a transformarse en pensamientos recurrentes.

Muchas de estas fantasías se mueven en distintos terrenos. Algunas solo sobrevuelan como nubes que van y vienen en lo cotidiano, pero otras caen en forma de lluvia y van moldeando el terreno de nuestra identidad.

Entender esas diferencias es lo que nos permite empezar a preguntarnos qué hacemos con esos deseos que, de tanto llover, se van convirtiendo en deudas pendientes con nosotros mismos.


Cuando la fantasía deja de ser liviana

Cuando hablo de fantasías, no me refiero a esos deseos livianos que aparecen y desaparecen sin dejar huella, sino a esas ideas que se vuelven persistentes, que empiezan a ocupar lugar y que, si no se cumplen, pueden frustrar la posibilidad de disfrutar de la experiencia presente.

Y si agregamos una capa más en este mapa de insatisfacciones, aparecen aquellas fantasías que nos animamos a contar, y otras que reservamos solo para nosotros, o, excepcionalmente, para alguien en quien confiamos lo suficiente como para compartir lo más íntimo.

Y hay una capa más todavía: aquellas que no le vamos a contar a nadie. Por los motivos que cada uno tenga, quedan guardadas en ese lugar al que no dejamos entrar a nadie.


El límite entre lo posible y lo que necesita ser trabajado

La pregunta que me aparece cuando llego a este punto es qué sentido tiene ocultarlas, reservarlas y sostenerlas, si aquello que sentimos que podríamos disfrutar no estamos dispuestos a intentar hacerlo realidad.

En este límite, como siempre, hay fronteras. Creo que, si las fantasías tienen un nivel de perversión que no puede cruzarse por cuestiones éticas, morales o legales, entonces hay que trabajarlas en terapia. No como una condena, sino como un espacio donde entender qué nos está pasando y buscar acompañamiento profesional.

La libertad está en poder hacer lo que queremos, sin vulnerar la integridad de otro, incluso cuando se trate de lo que imaginamos.


Lo que nuestras fantasías dicen de nosotros

Pero volviendo al terreno de esas fantasías que guardamos y no nos animamos a contar por distintas razones, la pregunta sigue siendo la misma: ¿tiene sentido mantenerlas si no vamos a hacer nada por acercarnos a ellas?

Y son estos lugares incómodos a los que me gusta llegar, porque son preguntas que nos ponen frente al espejo de nuestra propia humanidad y del sentido que tiene estar vivos.

¿Qué nos pasa cuando no nos animamos a ir por eso que creemos que nos va a dar satisfacción?

Claro que es una pregunta que se puede extender a muchos aspectos de la vida, pero en el terreno de las fantasías se vuelve más evidente. Tal vez porque combinan dos cosas muy fuertes: un alto nivel de expectativa y la posibilidad de que, al ser tan íntimas, su no realización no tenga un juicio social que nos exponga.

Pero justamente ahí aparece uno de sus valores más interesantes.

Nos ponen frente a nuestro propio juicio.
Al valor que le damos a lo que sentimos y deseamos.
Y a la energía que estamos dispuestos a invertir para acercarnos a eso.


Cruzar nuestras propias fronteras

Creo que en ese territorio íntimo donde las fantasías se esconden hay una enseñanza profunda sobre cuánto nos valoramos y cuánto estamos dispuestos a cruzar nuestras propias fronteras para ir hacia esos lugares donde creemos que vamos a encontrar placer, satisfacción o, simplemente, una forma más plena de experimentar nuestra humanidad.

Cruzar esas fronteras no es fácil. De hecho, es una de las libertades más difíciles de ejercer.

Pero también es la que nos permite dejar de vivir en un mundo de posibilidades imaginadas y empezar a habitar experiencias reales.

Para que la vida no sea solo un lugar donde pensamos lo que podría pasar, sino un espacio donde algo, finalmente, sucede.

Y vos, ¿qué fantasía te gustaría cumplir?

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