¿La vida sin sexo es mejor?

Una pregunta sobre deseo, identidad y vínculos

⏱️ Tiempo de lectura: 4–5 min

Cama vacía con sábanas desordenadas iluminada por la luz cálida de una ventana, símbolo de una pausa para reflexionar sobre el lugar que ocupa la sexualidad en nuestra vida.
Una escena cotidiana que abre una pregunta: ¿cuánto de nuestra forma de vivir y vincularnos está organizado por la energía sexual sin que lo advirtamos?

Hace unos días me encontré imaginando algo raro.

¿Cómo sería mi vida si el sexo dejara de importar?

No porque no pudiera tenerlo. No porque estuviera frustrado. Sino porque, por un momento, quise ver quién sería yo si esa parte de mi vida simplemente dejara de estar en el centro.

¿Cuántos espacios de incomodidad, de presión o de búsqueda de validación se esfumarían, dejando lugar a una sensación más simple de bienestar con uno mismo?

Lo digo en serio. Porque incluso al plantearlo siento que algo se mueve. Como si solo pensarlo pusiera en riesgo una parte de mi identidad, como si decirlo me volviera menos valioso para mí o para otro. Como si imaginar una vida sin deseo me dejara afuera de ciertas formas de conexión afectiva o de convenciones sociales.

Esta semana quiero hablar de sexualidad desde un lugar más personal. No desde el conocimiento técnico, sino desde una pregunta que suelo hacerme frente a lo cotidiano: ¿qué sentido tiene esto en mi vida?

Cuando lo obvio deja de serlo

El sexo, para mí, siempre fue algo dado. Natural. Nunca me pregunté si debía o no estar. Formaba parte de la vida con la misma obviedad que comer, dormir, trabajar o salir a hacer algo que me gusta. Estaba ahí, sin cuestionamiento.

Pero hace algunas semanas, cuando comencé a escribir sobre vínculos, parejas y relaciones, lo que parecía obvio empezó a correrse de lugar. Lo establecido dejó de ser tan claro y empezó a volverse un territorio para explorar, con altas probabilidades de que el viaje se torne una experiencia incómoda.

En ese contexto apareció una puerta en forma de pregunta: ¿cómo sería mi vida si decidiera ser una persona asexuada? ¿Qué tipo de vida aparecería? ¿Cambiaría mi forma de ser? ¿Las cosas que hoy hago seguirían teniendo el mismo sentido?

Antes de seguir, me parece más interesante que te hagas esas preguntas vos. Pero no desde la falta ni desde la resignación. No se trata de pensar qué pasaría si el sexo no está porque no lo tenés como te gustaría, sino desde otro lugar.

Imaginá que tu vida sexual es exactamente como la soñás y, aun así, elegís que deje de tener importancia. Recién ahí la pregunta empieza a tener un sentido más profundo.

El espacio que aparece cuando el deseo deja de ordenar

En mi caso, lo primero que apareció fue una sensación difícil de traducir en palabras concretas, pero bastante clara en la experiencia. No fue tanto una lista de cosas que ganaría, sino más bien la percepción de que algo que hoy ocupa un lugar importante en mi vida dejaría de hacerlo, y que en ese corrimiento aparecería otro tipo de espacio.

No un espacio vacío, sino uno distinto. Más disponible. Más tranquilo.

Me imaginé relacionándome con otros sin tener que estar atento a si hay o no una intención detrás, sin la necesidad de aclarar que no estoy buscando algo más, sin ese pequeño ruido de fondo que a veces ordena la forma en la que uno se vincula, incluso cuando no es evidente. Y en ese sentido, sentí que mi presencia podría volverse más directa, menos atravesada por esa capa que, de alguna manera, siempre está.

Un espacio donde, en la relación con el otro, desaparece esa capa de intencionalidad, de demostración, de necesidades y expectativas que muchas veces entorpece la posibilidad de un vínculo más honesto, simple y desinteresado.

Es una forma de ser que, si la llevo a un plano más profundo, se acerca a esas miradas religiosas y filosóficas que hablan del amor incondicional como base para encontrarse con uno mismo y con el otro. Y en ese sentido, la pregunta deja de ser inocente, porque es algo que muchas personas ya se hicieron y al que le dieron un sentido dentro de una forma de entender la humanidad en la que el sexo no ocupa un lugar central.

Lo que también perdería

Sin embargo, en esa misma complejidad, también aparece otra mirada sobre la energía sexual en mi vida.

Hay mucho de lo que soy que se relaciona profundamente con esa conexión que se genera con otro cuando las puertas de la intimidad se abren en todas sus formas.

El encuentro con otro en ese plano, la posibilidad de ser elegido y de elegir desde la intimidad, los momentos de fantasía, de preparación, de seducción que también forman parte de la experiencia. Incluso esa tensión previa, que muchas veces incomoda, pero que también le da espesor a lo que puede pasar.

Y ahí es donde la reflexión cambia de tono, porque ya no estoy imaginando una vida más simple, sino una vida distinta, con otras formas de vincularme, pero también sin algunas experiencias que hoy reconozco como parte de lo que soy.

No puedo decir con claridad si eso sería mejor o peor, ni creo que sea algo que se pueda resolver en esos términos. Pero sí me alcanza para entender que no es una pregunta neutra, y que lo que aparece como alivio en un plano también implica una pérdida en otro.

Una elección que también merece ser pensada

En ese punto, la pregunta deja de ser comparativa y empieza a volverse más incómoda, pero también más honesta.

¿Qué lugar ocupa realmente la sexualidad en mi vida?

¿Es una elección o algo que simplemente está, operando sin que la mire demasiado?

No tengo una respuesta cerrada. Pero sí una decisión en construcción.

Elijo que la energía sexual siga estando en mi vida, no como algo automático ni como algo heredado, sino como algo que también quiero poder revisar. Porque, en definitiva, no se trata de eliminar o sostener algo sin más, sino de poder elegirlo.

Y que esa elección —sea disfrute o incomodidad— no venga dada solo por lo cultural o lo biológico, sino por quién quiero ser y de qué manera quiero vivir.

Y vos, ¿pensás que tu vida sin sexo sería mejor o peor?

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