Sobre la exigencia de saberlo todo y la libertad de elegir qué hacer con nuestro tiempo.
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El mundo cambia más rápido de lo que podemos procesar
No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me da la sensación de que el mundo está trayendo una novedad a cada segundo que pasa y que no me alcanza la cabeza para procesar tanto cambio.
Y esto lo pienso mientras hago algo tan cotidiano como ir a la cocina a prepararme el mate, en el lugar de siempre, con los utensilios de cada mañana y con la misma vista a los cerros, que solo cambia tres veces al año, según la estación.
Sin embargo, entre que me levanté y volví a sentarme frente a la computadora, el mundo ya comunicó avances médicos, tecnológicos y culturales, y en cada reel que paso aparece algo nuevo que parece convertirse, de un momento a otro, en algo fundamental para mi vida.
A veces hago el ejercicio de contar cuántas novedades aparecen en los diez o quince minutos que paso scrolleando alguna red social. Generalmente cuento unas tres o cuatro. Y esto lo hago unas diez veces por día, por lo que al final de la jornada puedo haberme enterado de treinta o cuarenta novedades trascendentales para la humanidad que hasta unas horas antes no sabía que existían.
La sensación de estar siempre llegando tarde
Y eso sin contar las ofertas de cursos, rutinas de entrenamiento, prácticas espirituales, coaching, estudios, libros que supuestamente no debo dejar de leer para no quedar obsoleto, aprender a cantar, tocar un instrumento, hablar inglés y mandarín, aprender a usar las cientos de IAs que aparecen todos los días y, además, saber cómo preparar comidas saludables.
Al final del día, por más que haya logrado algunas cosas interesantes, muchas veces me queda la sensación de haber fracasado por no haber hecho todo lo que me estoy perdiendo.
Tal vez soy solamente yo, pero si a alguno de ustedes le pasa, por favor háganmelo saber. Así, por lo menos, no me siento tan solo.
Cuando el mundo tenía un ritmo diferente
Claro que yo soy una persona de cincuenta años y quizás, con algo de romanticismo, creo que el mundo de antes era un poco más disfrutable. Teníamos un programa bastante más acotado: desde que nacíamos hasta terminar la secundaria había unos diecisiete años para aprender, y después quedaba algún tiempo más para estudiar, trabajar y empezar a descubrir cómo funcionaba el mundo.
Ahora parece que tenemos unas pocas horas por día para hacer todo eso.
Ah, y me olvidaba: también tengo que ser un buen hijo, esposo, padre, emprendedor, inversor y estar al tanto de las noticias del día. Y, por último —e imprescindible—, tengo que ser feliz. Porque si no soy feliz, aparentemente todo lo que hice no tiene ningún sentido y debo volver a revisar mis ancestros, mis vidas pasadas, los registros akáshicos y los mandatos familiares para descubrir cuál es mi problema.
Hoy decidí no ser todo lo que debería ser
En fin, hoy me levanté con un poco de pereza de ser todo lo que debería ser y decidí dedicarme a una sola cosa: escribir lo que sentía.
Y probablemente no sirva para nada. Pero mientras lo escribía sentí que algo todavía no había cambiado. Y eso que no cambió es algo que me hace sentir muy humano y que, además, me gusta: todavía puedo reírme de todo lo que debería ser y decidir que, por un rato, no voy a hacerlo.
Hoy no voy a convertirme en un ser de luz, no voy a ser un experto en inteligencia artificial, no voy a tener el cuerpo de un pibe de veinte años, no voy a hablar inglés fluidamente ni voy a cantar como Freddie Mercury. Hoy voy a hacer algo bastante más simple: voy a tomarme unos minutos para respirar, pensar en algunas de las cosas que disfruté ayer y soñar un poco con cómo me gustaría que fuera el día de hoy.
Pero que sea algo que me gustaría a mí.
También cambió algo en mí
Y después de eso, veremos cómo sigue el mundo.
Seguro que algo habrá cambiado. Probablemente me entere después y quizás hasta quede en deuda por no haber estado ahí para colaborar, aprender o aprovechar esa nueva oportunidad que apareció mientras yo estaba haciendo otra cosa.
Pero ¿saben qué? También habrá cambiado algo en mí.
Voy a haber tenido un momento de relax para disfrutar unos mates con mi hermano, que vino a visitarme, y voy a haber estado con él sin pensar en todo lo que debería haber estado haciendo.
El cambio no es optativo, pero cómo lo vivimos sí
Y quizás ahí haya algo que todavía podemos elegir.
El mundo cambió y nosotros también. Y eso nos pone una exigencia más a todas las que ya mencioné: aprender que el cambio no es optativo, pero que la manera de navegarlo sí lo es.
Eso todavía no cambió.
Porque, como plantea Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, incluso en circunstancias en las que parece que ya no queda nada por elegir, todavía existe un espacio interior desde el cual podemos decidir cómo responder frente a lo que nos sucede.
Y quizás esa sea una de las pocas cosas que no necesitamos aprender de una inteligencia artificial, de un curso, de un gurú o de un reel.
Quizás simplemente tengamos que recordar que, mientras podamos elegir cómo vivir lo que nos toca, todavía seguimos siendo humanos.



