Una reflexión sobre la diferencia entre formar para hacer y educar para ser.
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La fogata y aquello que necesitábamos aprender
Es de noche. Se escuchan algunos ruidos de animales no muy lejos y, aunque la atmósfera parece ser la misma de todas las noches, la sensación de que algo puede pasar se renueva. Un niño mira a su padre encender una fogata y, con el fuego, aparece una sensación de tranquilidad. La luz vuelve a poner en orden los sentidos y, de alguna manera, recupera la sensación de que hay cierto control sobre lo que puede pasar.
A su lado, una niña siente el calor del cuerpo de la mujer mayor que tiene cerca. Cada vez que la siente junto a ella, su cuerpo se relaja y puede dedicarse a disfrutar de algo tan sencillo como sacarle las hojas que sobran a las frutas que recogieron durante la mañana. Sus ojos se detienen en la precisión con la que esa mujer limpia cada una de esas pequeñas frutas y, sin probarlas, ya puede imaginar el sabor dulce en su boca.
Cuarenta mil años después, esos niños se acuestan en una cama suave, con el estómago lleno y protegidos del viento y del frío, sin saber lo afortunados que son por no tener que dormir atentos a que un ruido les anuncie que su vida está por terminar. La luz de la fogata cambió por la de una pantalla que ilumina sus rostros. Ya no sienten miedo, pero sí algo parecido al vértigo.
Y hay una diferencia que me parece fundamental.
Aquellos padres, que probablemente ni siquiera tenían palabras para explicar muchas de las cosas que sentían, sabían bastante bien qué tenían que enseñarles a sus hijos. La supervivencia requería que aprendieran lo que ellos sabían hacer. La vida no era un mundo ilimitado de posibilidades: había pocas y las lecciones tenían que aprenderse bien, porque de ellas dependía que esas oportunidades llegaran.
La diferencia es que ellos podían mirar a sus hijos y, en buena medida, saber qué iban a necesitar para sobrevivir. Nosotros ya no tenemos esa certeza.
Cuando educar y formar eran casi lo mismo
Durante miles de años, educación y formación fueron parte de un mismo proceso. Enseñar para la vida y brindar herramientas para sobrevivir, progresar o alcanzar determinados objetivos eran cosas difíciles de separar.
Cada sociedad fue construyendo sus propios modelos de acuerdo con las aspiraciones de su época y su cultura. Desde aprender un oficio hasta convertirse en profesional, los padres, los maestros y la comunidad transmitían una determinada forma de ser y de hacer, como si ambas cosas fueran parte de una misma pieza.
Incluso los artistas fueron, en cierta manera, la excepción que confirmaba la regla. Se les permitía ser diferentes, explorar otros caminos y expresar algo que no necesariamente coincidía con lo establecido. Esa diferencia también cumplía una función: permitía que apareciera la heterogeneidad y evitaba que una cultura quedara encerrada sobre sí misma.
Pero para la mayoría existía una fórmula bastante clara. Había determinadas cosas que había que aprender para alcanzar los objetivos que permitían sobrevivir y formar parte de una sociedad.
Sobre esa base nació la escuela moderna: la posibilidad de organizar y homologar una manera de enseñar y de formar a los futuros ciudadanos. Con el tiempo se fueron perfeccionando los métodos, las herramientas y las instituciones, pero el propósito general seguía siendo bastante claro.
Había un pacto entre las familias y las instituciones. No necesariamente todos estaban de acuerdo en todo, pero existía una idea compartida: la educación tenía que preparar para la vida y para el trabajo.
El problema es que la fogata ya no es la misma
Hoy ese pacto parece haberse roto.
El niño sentado junto a su padre en aquella fogata ya no necesita aprender a encender el fuego de la misma manera. La niña tampoco necesita saber exactamente cómo limpiar una fruta para garantizar que su familia pueda alimentarse. Pero el problema no es solamente que hayan cambiado las herramientas. Lo que cambió es nuestra capacidad de anticipar cuáles serán las herramientas que necesitarán nuestros hijos.
Las formas de hacer las cosas cambiaron y van a seguir cambiando a una velocidad que hace cada vez más difícil imaginar qué tendremos que enseñar dentro de un par de años. Lo que antes podía transmitirse de una generación a otra como un conocimiento relativamente estable, hoy puede quedar obsoleto antes de que termine de aprenderse.
Y ahí aparece nuestra desconcertante pregunta sobre el sentido de la educación.
Porque seguimos pensando que, si no podemos enseñar herramientas concretas, entonces la escuela pierde una parte importante de su razón de ser. Seguimos buscando cuáles serán los trabajos del futuro, qué conocimientos necesitarán nuestros hijos y qué habilidades deberían incorporar para no quedar afuera.
Pero quizás estamos haciendo la pregunta equivocada.
Yo no soy de los que dicen saber qué va a pasar. Apenas me animo a pensar algunas posibilidades. Y una de ellas es que la educación necesita recuperar un sentido que durante mucho tiempo estuvo presente, pero que quizás fuimos dejando en segundo plano.
Formar para hacer o educar para ser
Tal vez las respuestas no estén en el futuro, sino en el mismo lugar donde estuvieron siempre: en nuestra necesidad de aprender a ser humanos.
Porque formar para hacer va a requerir otra dinámica. Las herramientas van a cambiar, los oficios van a transformarse y probablemente muchas de las cosas que hoy consideramos indispensables dejarán de serlo.
Pero eso no significa que todo tenga que cambiar.
Hay algo que permanece y que, de alguna manera, atraviesa las generaciones: los vínculos, la capacidad de cuidar, la búsqueda de sentido, la posibilidad de comprendernos y de comprender a los demás, la necesidad de construir una vida que no sea solamente funcional.
Y ahí es donde creo que aparece el verdadero desafío de la educación.
No se trata solamente de enseñar qué hacer con la vida, sino de ayudar a cada persona a preguntarse quién quiere ser en ella.
El saber como propósito
Los seres humanos nos definimos como Homo sapiens. Y hay una forma de entender esa expresión que siempre me resultó particularmente atractiva: seres que aman el saber.
Si pensamos el conocimiento de esa manera, deja de ser solamente una herramienta para conseguir algo y se convierte también en una forma de propósito. Aprender no solamente para aplicar lo aprendido, sino para comprender mejor cada etapa de la vida y las experiencias que tenemos que atravesar, tanto individualmente como en comunidad.
Quizás por eso la educación del futuro tenga que recuperar algo que nunca dejó de estar ahí, pero que ahora necesitamos mirar con más atención.
Filosofía, psicología, física, espiritualidad, arte, ciencias sociales… no solamente como contenidos que tenemos que aprobar, sino como formas de preguntarnos qué significa ser humanos y qué clase de humanidad queremos construir.
Porque mañana quizás no sepamos qué herramientas vamos a necesitar para encender la fogata. Tampoco cuáles serán las frutas que tendremos que elegir, ni cómo reconoceremos los depredadores que nos acechan.
Pero nuestros hijos van a seguir necesitando aprender a cuidarse para poder cuidar a quienes vienen después.
Y nosotros vamos a tener que ayudarlos a descubrir qué significa hacerlo en un mundo que cambia permanentemente.
Una nueva educación para una vida que todavía no conocemos
El desafío más grande de la educación, entonces, quizás no sea anticipar el futuro.
Quizás sea preparar personas capaces de habitarlo.
Personas que puedan aprender, desaprender, vincularse, cuidar, tomar decisiones y construir sentido incluso cuando las herramientas que aprendieron ayer ya no sirvan mañana.
Durante miles de años, nuestros padres nos enseñaron a encender la fogata porque sabían que la íbamos a necesitar. Nosotros, en cambio, ya no sabemos cómo será la próxima fogata.
Y quizás ahí esté el verdadero desafío: no podemos enseñarles exactamente qué hacer cuando lleguen a ella, porque todavía no sabemos cómo será. Pero sí podemos ayudarlos a descubrir qué clase de persona quieren ser cuando estén frente al fuego.
Porque el mundo va a seguir cambiando y las herramientas también. Lo que todavía podemos elegir es cómo vamos a habitarlo, cómo vamos a cuidarnos y qué humanidad queremos construir mientras lo hacemos.



