¿A vos también te pasa?
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¿Cómo se supone que tenemos que vivir?
No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero cada vez que abro una red social me encuentro con un ejército de publicaciones explicándome con precisión milimétrica cómo tengo que vivir. Por momentos me siento un auténtico afortunado: el noventa y cinco por ciento de esas cosas las estoy haciendo mal o, directamente, jamás las hice en mi vida. Y, sin embargo… ¡acá estoy, sigo vivo!
Es una sensación extraña, porque la verdad es que me siento bastante bien. Eso me lleva a pensar dos posibilidades: o ese 5 % restante lo estoy ejecutando de una forma sobrenaturalmente perfecta, o tal vez —solo tal vez— no sea necesario vivir exactamente de la manera en que otros nos ordenan.
En mi caso, el algoritmo es particularmente despiadado. Me bombardea sin tregua con rutinas de entrenamiento que, de cumplirlas todas para alcanzar esa supuesta plenitud, me demandarían unas siete horas al día. Veintiocho microbloques de quince minutos y listo: cuerpo esculpido, cero dolor, capacidad pulmonar para subir el Everest caminando y la admiración unánime de la humanidad entera.
A eso tengo que sumarle tres horas diarias para alimentarme «como corresponde». Porque ya no alcanza con ir a la verdulería y cocinar: primero hay que armar los cajones para la huerta hidropónica en el balcón y en el baño, moler los granos a mano y salir a la zona de chacras a buscar huevos de gallinas silvestres que hayan vivido libres de estrés. Y, de regreso, una paradita obligada en la herboristería para comprar hinojo del Himalaya y sal marina recolectada en el abismo de Kantaná.
Por supuesto, no podemos descuidar las finanzas. Debo diversificar en criptomonedas, acciones globales, plazos fijos, bienes raíces, un gigante tecnológico, oro y, por si acaso, alguna startup disruptiva. Pero con cautela: hay que dominar el trading con IA y sin IA, porque ambas opciones son brillantes y, simultáneamente, ninguna sirve para nada.
Tampoco podés quedarte afuera del mundo profesional: tenés que ser emprendedor, megainfluencer y experto en oratoria persuasiva y psicología inversa. Todo esto en inglés y mandarín nativo, claro. Aunque nada de eso tiene valor real si no sos un maestro en las novecientas plataformas de inteligencia artificial que salieron esta mañana… teniendo en cuenta que las novecientas de ayer ya quedaron obsoletas. ¡Heloooooo!
La vida como proyecto de optimización
¿Qué más me estoy olvidando? Ah, sí: yoga, meditación, mindfulness, trekking de montaña, retiros espirituales a la India y quince minutos de lectura diaria del gurú de moda (que, por la rotación semanal, ya son unos diez u once gurúes por día).
Perdón, casi lo paso por alto: hay que conectar con las emociones, los afectos y la soledad. Invertir tiempo de calidad con la pareja, los hijos, la familia extendida y los amigos; ir a terapia tradicional y sumar dos o tres terapias complementarias. Y el menú no estaría completo sin el sagrado «tiempo libre para vos». Fundamental: si no tenés tiempo para vos, ¿a qué viniste a este mundo?
Para coronar el combo, la salud preventiva: chequeos de rutina, gimnasia cerebral, tratamientos antiinflamatorios, anticáncer, antiamputaciones y antimuertes (esos que el plan médico nunca cubre, pero que si no los hacés no vas a estar vivo, algo totalmente elemental).
Estoy seguro de que si vuelvo a mirar la pantalla van a aparecer varias obligaciones más que se me pasaron. Pero quédense tranquilos: gracias a mi nuevo masterultramegaplan de optimización, logré condensar mi día ideal en una rutina perfecta de solo 65 horas diarias.
—Pero Jero, el día tiene 24 horas y ni siquiera dejaste margen para dormir.
No se preocupen: hice un curso acelerado de física cuántica y metafísica integrada. Me desdoblo en varios universos paralelos y mi yo superior se encarga de tachar pendientes mientras yo me quedo acá, durmiendo la siesta o mirando el celular.
¿Y si simplemente vivimos?
Toda esta parodia es apenas una forma de poner en palabras lo que vengo sintiendo: la sensación abrumadora de estar desbordado, frustrado, sintiendo que el tiempo no me alcanza y que yo no alcanzo para el tiempo. Por eso decidí mandar a pasear a mis versiones perfectas y sentarme a escribir lo que cualquier ser humano siente en esta época de sobreexigencia y tiranía del bienestar.
¿Cómo no vamos a añorar lo de antes si en aquella época con vivir alcanzaba? Cumplías años y era una fiesta: la alegría genuina de estar vivos, rodeados de los nuestros. Hoy cumplir años parece un examen de rendimiento: tenés la obligación de llegar a viejo sano, culto, millonario, rebosante de amor, con el pasaporte repleto de sellos y listo para rendir cincuenta años más. Llegar a la vejez dejó de ser un privilegio de la vida para convertirse en un mandato corporativo de éxito.
Quizás ese estándar se pueda conseguir; las redes juran que sí, y quién soy yo para contradecirlas. Pero yo me pregunto con total honestidad: ¿quiero realmente llegar a viejo a cualquier costo, o prefiero sentirme vivo mientras estoy acá?
Si quieren aprender a sentirse vivos, escriban VIVO en los comentarios y les mando el manual con los 10 pasos infalibles.



