«El territorio de la voluntad»
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La velocidad de adopción de las herramientas de inteligencia artificial por parte de la humanidad no tiene precedentes. Desde la irrupción de ChatGPT en el mercado —con su interfaz de diálogo cotidiano y su asombroso dominio del lenguaje natural— no paramos de incorporar, reemplazar y delegar tareas en estas tecnologías dentro de nuestras prácticas diarias.
Las usamos para todo: desde pedir una receta de cocina improvisada hasta tantear un diagnóstico médico. En el trabajo ya no operan como un simple asistente; se convirtieron en un consultor permanente de nuestras decisiones. Pasamos de darles instrucciones puntuales a pedirles consejo y orientación para saber cómo seguir. Organizan nuestras agendas, responden mensajes, estructuran proyectos y, cuando estamos aburridos, son capaces de mantener una charla entretenida sobre cualquier tema que se nos cruce.
La comodidad del atajo y el apagón del estímulo
Pero la pregunta de fondo es: ¿qué nos da y qué nos quita esta tecnología? ¿Es una herramienta que expande nuestra capacidad de comprensión, estimula nuevas destrezas y potencia la creatividad? ¿O, al asumir esas tareas y resolverlas de forma mucho más rápida y prolija, genera una delegación cómoda que termina apagando los estímulos necesarios para nuestro propio desarrollo?
En mi caso, cuando le pido que me revise un texto, suele devolverme sugerencias tan lúcidas y estructuras tan impecables que hasta me da un poco de envidia y frustración no estar a su altura. La velocidad con la que desenreda una oración compleja, su versatilidad para encontrar analogías y la destreza para articular argumentos de manera lógica, coherente y atractiva resulta, a simple vista, inalcanzable para la velocidad de un ser humano. Le he pedido que intervenga páginas de autores consagrados de la literatura y el resultado desconcierta: normaliza y lima las oraciones con tanta destreza técnica que, a simple vista, parece dejarlos impecables, cuando en realidad lo que hace es pasarlos por el tamiz de la prolijidad estadística.
Pasa algo parecido a lo que decíamos hace décadas sobre el ajedrez: jurábamos que una máquina jamás vencería la intuición humana, hasta que la venció. Al final, la comunicación escrita también se apoya en patrones, estructuras y consensos estéticos compartidos. Los libros más leídos no son necesariamente los de mejor prosa, sino los que conectaron con el gusto de la mayoría. Y los modelos de lenguaje trabajan exactamente con esa materia prima: procesan la inmensidad de información producida por nuestra cultura, leen la consigna que les damos y construyen una respuesta basada en lo que estadísticamente resulta más armónico, predecible y eficaz.
Algoritmos, imitación y la pérdida del relato
Si escribo un cuento y le pido que lo reescriba al estilo de Borges, me devuelve una pieza con las marcas exactas del autor: el laberinto, los espejos, la adjetivación precisa. Quizá un lector devoto note que no es un texto auténtico, pero le costaría asegurar que no se trata de un borrador inédito rescatado de algún cajón.
Lo que la herramienta nos brinda está a la vista: respuestas verosímiles y precisas a partir de lo que ya procesó. ¿Puede darnos algo deslumbrante, disruptivo y original? Sí, claro que puede, porque el pensamiento humano muchas veces opera de la misma manera: asocia nociones que ya conoce y las combina bajo una luz nueva. Si no me creen, pregúntenle a la misma IA y van a ver cómo les da la razón.
Como advierte el filósofo Byung-Chul Han en obras como No-cosas: Quiebras del mundo de hoy y La crisis de la narración, corremos el riesgo de que la acumulación de datos sustituya la experiencia real de las personas. La inteligencia artificial procesa promedios y administra información descorporizada, pero es incapaz de narrar la propia vida o de albergar vivencias cargadas de destino y memoria.
Bajar del pedestal: el valor insustituible del proceso
Estas tecnologías representan el gran hito de la modernidad y la computación. Por más que nos cueste bajarnos del pedestal del procesamiento intelectual, llegaron para reclamar un lugar protagónico y seríamos bastante necios si pretendiéramos negarlo.
Ahora bien: si aceptamos la provocación de que estamos cediendo el podio de la capacidad analítica a estos sistemas, ¿qué significa esto para nosotros?
En el fondo, la humanidad ya convivió con una realidad semejante, aunque —como se dice ahora— hayamos preferido fingir demencia. Desde que el ser humano tuvo conciencia de sí mismo, supo que existía algo que lo superaba con creces en escala creadora y en gobierno de la realidad: algunos lo llaman Dios, otros Creador, y otros simplemente la inmensidad de la Naturaleza. Sabemos que no nos inventamos solos; existieron fuerzas que propiciaron la aparición de una especie capaz de percibir su propia existencia en este rincón recóndito de un universo inabarcable.
Ya éramos los segundos en este planeta. Y, aun desde ese lugar, asumimos el protagonismo de construir una realidad que, sin brújulas absolutas, dio forma a esta civilización. Podrá gustarnos más o menos, pero la potencia creadora de nuestra especie es innegable.
El gran dilema actual es que todo lo que construimos hasta acá lo hicimos bajo la idea del crecimiento personal y colectivo: un camino donde el esfuerzo y la búsqueda estaban guiados por la voluntad de cada individuo. Las soluciones podían ser compartidas, pero la voluntad de caminar era propia. Hoy, ante un modelo donde el individuo pasa a ser un simple consumidor de soluciones inmediatas, el proceso mismo empieza a parecer prescindible.
Pensemos en un ejemplo concreto: antes, para escribir un texto de divulgación o abordar una investigación, necesitábamos atravesar un camino formativo. Leer bibliografía, confrontar ideas con colegas, preparar ponencias, imaginar aplicaciones prácticas y pelear con el borrador para madurar un argumento. Todo era proceso: desde entrar a una librería a buscar un libro hasta sentarse a lidiar con la duda. Esa historia previa era la que le daba consistencia al criterio de quien escribía; acumulaba una mirada y un discernimiento que hoy no parecen indispensables para que un texto con apariencia de solvencia aparezca por arte de magia en la pantalla. Hoy cualquiera, sin tener formación en biología, podría redactar en una mañana una monografía con una jerga tan convincente y ordenada que engañaría a cualquiera que solo evalúe la prolijidad superficial.
La frontera ontológica: no ceder la voluntad
Por eso, mi tesis para este lunes es la siguiente: siempre fuimos los segundos en la creación; ahora seremos los terceros frente a los sistemas que procesan a una velocidad inalcanzable, o pasaremos algunos años disputando el terreno antes de cederlo. Pero hay algo irreductiblemente humano que exige ser rescatado, y que bien puede ser la bandera que nos guíe en los próximos años: no ceder el territorio de nuestra propia voluntad.
Esta frontera fue planteada con lucidez en el documento conjunto del Vaticano Antiqua et nova, elaborado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación. Allí se recuerda la diferencia radical entre el intelecto humano y el cálculo algorítmico: los sistemas artificiales carecen de afectividad, de biografía encarnada y de conciencia moral. El riesgo verdadero radica en que el hombre termine volviéndose dependiente de su propio artefacto, delegando el discernimiento ético y la capacidad de pensar por cuenta propia.
Si bien nunca fuimos dueños absolutos de nuestro destino, siempre tomamos decisiones en función de nuestros deseos y anhelos. Es verdad: el libre albedrío total tal vez no exista como principio filosófico absoluto, pero con el pequeño margen de libertad que tuvimos construimos una vida, tejimos afectos y fundamos una sociedad.
La voluntad de ser y el valor del error
La oportunidad histórica que se nos abre no es competir con la velocidad de cálculo, sino fundar un nuevo sentido sobre lo que significa ser humanos. Podríamos vernos tentados a delegarle esa tarea a la tecnología, pero ahí la máquina encuentra su frontera definitiva: la voluntad de ser.
Cuando una persona se propone un desafío, el valor real no está en poseer el resultado terminado; está en transformarse en la persona capaz de alcanzarlo. Nuestra meta como seres humanos no es el tener: es el ser. Y eso nace de una motivación íntima y compartida que ningún algoritmo puede experimentar ni reemplazar.
En ese punto, la tecnología vuelve a su cauce natural: deja de ser un fetiche o un dios y vuelve a ser lo que siempre debió ser: una herramienta. Así podemos poner todo su potencial al servicio de un ser humano que asume su propia existencia como una obra en construcción, utilizando los recursos a su alcance para modelarla.
No somos perfectos, y esa imperfección es justamente nuestra mayor ventaja evolutiva: el error es la puerta más fértil hacia la verdadera creación. Mientras sigamos equivocándonos, seguiremos encontrando caminos hacia lugares que hoy ni siquiera imaginamos. Alguno pensará que uno de esos caminos puede ser la propia extinción; y sí, es una posibilidad que siempre estuvo sobre la mesa.
Nuestro trabajo, después de todo, consiste en tener la lucidez necesaria para no cruzar esa puerta.



