¿La contradicción mata los sueños o los hace posibles?

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Hombre pensativo sostiene dos tarjetas, una con la palabra «POSIBLE» y otra con «IMPOSIBLE», mientras mira hacia ambos lados.
Entre lo posible y lo imposible, a veces la diferencia está en nuestra decisión de intentarlo.

¿Por qué algunas personas intentan lo imposible?

¿Te preguntaste alguna vez por qué hay personas que logran cosas imposibles y otras, con las mismas o incluso más posibilidades, no lo hacen? ¿Dónde reside la capacidad para alcanzar una meta o un sueño y dónde está el límite?

Me encantaría darles una respuesta de cinco pasos, pero no la tengo. Lo que puedo ofrecerles hoy es simplemente una mirada sobre por qué creo que hay sueños que no logran germinar y otros que alcanzan el cielo con sus ramas.

Les propongo un juego sencillo. Pensemos en algo que hoy parece imposible según la ciencia: volver a la vida después de 24 horas de una muerte irreversible. No hay trampas ni dobles intenciones en el enunciado. Una vez que la muerte es irreversible, el deterioro celular y la pérdida de las funciones del organismo impiden que hoy podamos devolver a una persona a la vida. Es algo que la ciencia no sabe cómo revertir.

Ahora bien, ¿qué personas estarían en mejores condiciones de creer que ese sueño es posible?

Tres formas de creer en lo posible

En principio, se me ocurren tres posibilidades. Si le preguntamos a un católico apostólico romano, probablemente recuerde el relato de alguien que volvió de la muerte después de tres días. Su certeza es la fe.

También podríamos encontrar científicos que, confiando en el avance de la ciencia, consideren que en el futuro podrían descubrirse procesos o vías alternativas para revertir aspectos de la muerte biológica que hoy no sabemos cómo recuperar. Su confianza se basa en la posibilidad de que el conocimiento científico avance más allá de sus límites actuales.

Y, por último, podríamos encontrar personas que afirmen que la muerte es solo un proceso biológico, pero que la conciencia y la identidad permanecen en otros planos, más allá de la descomposición del cuerpo, y que podrían volver a la vida en otro cuerpo. Su confianza se basa en la intuición.

Frente a estas tres posiciones, aparece una cuarta: la de quienes sostienen que la muerte, tal como la conocemos, es irreversible. Esta mirada se apoya en la dificultad de revertir los procesos biológicos, pero también en un problema más complejo: ¿qué tendría que recuperarse para que una persona volviera a ser la misma, con su memoria, su conciencia y su identidad?

Si les preguntara cuál de estos cuatro grupos creen que podría estar más cerca de encontrar una forma de revertir la muerte biológica, seguramente cada uno tendría una respuesta. Las posiciones no cuentan con el mismo tipo de evidencia ni se apoyan en los mismos fundamentos. Pero la pregunta nos enfrenta a algo interesante: ¿hasta dónde podemos afirmar que conocemos los límites de lo posible?

El juego de lo posible y lo imposible

Ahora que abrimos la caja del juego, les doy la bienvenida al terreno donde la mente opera de una manera fascinante y donde los sueños comienzan a definirse como posibles o desaparecen antes de que alguien intente realizarlos.

El juego se llama «Imaginá lo que podés crear». Las piezas que tenemos son una hoja de papel en blanco, un lápiz y dos tarjetas: posible e imposible.

Dibujás algo y se lo presentás a los otros jugadores, que tienen que votar si es posible o imposible. Si hay más votos positivos que negativos, la idea queda; si no, se descarta.

¿Se dan cuenta de las implicancias del juego? Solo las ideas que fueron imaginadas y recibieron un voto de confianza llegan a ponerse a prueba. ¿Pero qué pasa con aquellas que nunca fueron dibujadas o que no recibieron la aprobación de los demás?

La diferencia entre un sueño intentado y uno que no llegó ni siquiera a cobrar vuelo puede estar en la creencia de que es posible. Pero para que esa creencia se convierta en acción hace falta algo más: la decisión de atravesar nuestras propias creencias limitantes.

Cuando una creencia nos impide intentarlo

Les cuento una creencia limitante mía para que se comprenda mejor este ejemplo. Hoy tengo cincuenta años y nunca jugué de manera profesional al fútbol, un deporte que me apasiona. Si mi sueño fuera jugar un Mundial con la selección argentina, ¿qué posibilidades creen que tendría?

En mi cabeza, por supuesto, no hay ninguna. Todas conducen a una respuesta con un principio de realidad abrumador.

Un soñador, sin embargo, encontraría oportunidades, aunque sus probabilidades de concretarlas fueran muy bajas. Mientras yo ya habría descartado el sueño, él todavía estaría buscando la forma de hacerlo realidad.

Lo que le da sentido a un sueño

Entonces, lo que mata un sueño no es la realidad, sino no encontrarle sentido a intentarlo.

Si, por ejemplo, jugar en la selección garantizara que ningún chico más en el mundo muriera de hambre, estoy seguro de que haría el intento a toda costa. Y, si ese fuera el caso, encontraría muchos adeptos dispuestos a ayudarme a concretarlo, aunque eso significara perder el Mundial.

La posibilidad de realizar ese sueño ya no dependería solamente de mis condiciones deportivas, sino de una finalidad que cambiaría por completo el sentido de intentarlo. El objetivo dejaría de ser únicamente jugar al fútbol para convertirse en una manera de contribuir a algo que considero mucho más importante.

Ahí es donde los soñadores encuentran terreno para avanzar. A veces no lo hacen por el camino que habían imaginado y tienen que inventar otros. Lo que los mantiene en movimiento no es necesariamente la certeza de que van a lograrlo, sino encontrar una razón para seguir buscando.

Por eso, a la hora de darle un veredicto a un sueño propio o ajeno, tal vez debamos preguntarnos qué nos impide intentarlo. En mi caso, lo que me detiene es no tener en claro qué sentido tiene ese sueño para mí. Porque el problema no es soñar, sino creer que, por ser un sueño, no tiene sentido invertir la vida en cumplirlo.

La contradicción como motor de los sueños

Los seres humanos somos contradictorios, eso está a la vista. Pero esa contradicción puede llevarnos a poner un sueño por encima de las evidencias que parecen descartarlo y empujarnos a intentar lo que otros ni siquiera considerarían posible. A veces, incluso, logramos lo que parecía imposible.

La contradicción puede cerrar una puerta cuando nos convence de que algo no tiene sentido o no merece el intento. Pero también puede abrirla cuando nos lleva a cuestionar aquello que dábamos por cierto y a explorar posibilidades que todavía no conocemos.

En una época en la que la tecnología se instaura como la nueva normalidad y su lógica parece estar cada vez más asociada a la racionalidad, tal vez sea un buen momento para que los humanos nos dediquemos a soñar con imposibles que nos abran las puertas a lugares donde la imaginación aún no pudo llegar.

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