La escuela cruje y las instituciones educativas reciben demandas que no están preparadas para responder.
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Cuando el mundo dejó de adaptarse a nosotros
Durante los últimos miles de años, y especialmente durante los últimos siglos, los seres humanos desarrollamos una capacidad extraordinaria para modificar nuestro entorno hasta convertirlo, en buena medida, en algo que respondiera a nuestras necesidades. Construimos ciudades, transformamos territorios, desarrollamos tecnologías y creamos instituciones capaces de organizar sociedades cada vez más complejas. Durante mucho tiempo, parecía que el mundo tenía que adaptarse a nosotros.
Quizás por eso ahora nos cuesta tanto aceptar que esa relación pueda estar cambiando.
Durante esta etapa de la humanidad hicimos del mundo un cumpleaños: fuimos los agasajados de la existencia, todo para nosotros y que el mundo se adapte. Nos volvimos una especie caprichosa, pero, como todo sistema es impermanente, el cambio es inevitable y, cuando aparece, puede no gustarnos.
La educación construyó el mundo que conocíamos
Y esto, ¿qué tiene que ver con la educación?, se preguntarán los que entraron por el título.
El punto es que la educación se convirtió en una de las grandes herramientas humanas para construir el mundo que soñábamos. Un mundo en el que pudiéramos comprender la realidad, dominarla y transformarla siguiendo los designios de la razón. Y nos fue bastante bien. Gracias a ese desarrollo de conocimientos y habilidades logramos mejorar de manera extraordinaria la calidad de vida de una parte enorme de la humanidad y, de yapa, construimos una inteligencia capaz de resolver algunos problemas que nosotros no queríamos o no podíamos resolver de una manera más eficiente.
Hasta acá, todo salió bastante parecido a lo que queríamos.
Sin embargo, la educación no solamente nos enseñó a resolver problemas; también participó en la construcción de las ideas con las que justificamos el mundo que construimos. Aprendimos qué era tener éxito, qué era progresar, qué significaba ser útil, qué conocimientos tenían valor y qué tipo de persona necesitábamos ser para ocupar un lugar en esa sociedad.
El problema es que ya no sabemos describir el futuro
Por eso el problema actual de la escuela no es solamente que algunas de las cosas que enseña hayan quedado viejas. El problema es mucho más profundo: quizás estamos intentando preparar personas para un mundo que ya no sabemos describir.
Durante mucho tiempo fue posible imaginar el futuro mirando hacia atrás. Podíamos suponer que nuestros hijos vivirían en un mundo parecido al nuestro, aunque con mejores herramientas. Tenía sentido transmitir conocimientos, profesiones, valores y formas de comportamiento que habían demostrado ser útiles.
Hoy esa continuidad se está debilitando.
Ya no sabemos con precisión qué trabajos existirán, qué habilidades serán necesarias, qué tecnologías formarán parte de nuestra vida cotidiana ni qué problemas tendremos que resolver en los próximos años. Y si no sabemos cómo será ese mundo, aparece una pregunta que me parece mucho más importante que cualquier discusión sobre contenidos, materias o tecnologías educativas: ¿para qué educamos?
Educar para un mundo que todavía no existe
Mi mirada, como siempre, optimista —aunque no parezca, mi fe en la capacidad humana de recrearse es absoluta—, es que tenemos que formular una nueva ética, algo utópica, pero bastante práctica, para que la escuela vuelva a tener un sentido para existir.
Y cuando digo una nueva ética no me refiero necesariamente a inventar nuevos valores, sino a revisar qué consideramos valioso cuando las condiciones que dieron origen a nuestra educación están cambiando. Quizás durante mucho tiempo educamos para formar personas capaces de desenvolverse en un mundo determinado. Ahora necesitamos pensar cómo educar personas capaces de desenvolverse en un mundo de escenarios múltiples e inciertos.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la pregunta.
La invitación es a pensar primero si creés que la educación, en el formato tradicional —grupos de personas que asisten a centros de formación—, debe seguir existiendo. Y, si la respuesta es afirmativa, las preguntas son el para qué, el qué y el cómo.
Hay muchos pensadores con posturas muy bien argumentadas, pero todavía no hay un modelo único y hegemónico que nos ayude a resolver el problema. Y quizás eso no sea una falla, sino precisamente la condición en la que tenemos que empezar a pensar. Porque si el mundo que viene es divergente, pretender tener ahora una respuesta definitiva sobre cómo debemos educar podría ser otra forma de intentar convertir la incertidumbre en certeza.
Y acá es donde quería llegar. Si te hiciste estas preguntas, ¿te creés capaz de tener una respuesta absoluta? Si me decís que sí, te diría que revises de nuevo tus certezas, porque no creo que entiendas el mundo del futuro. Y si me decís que no, creo que es justamente ahí donde podemos comenzar a transitar el camino para averiguarlo.
Lo que quizás tengamos que aprender
Mi intuición es que el mundo del futuro nos va a demandar habilidades que hoy ni siquiera imaginamos, porque los escenarios que las van a requerir todavía no fueron creados. Y quizás algunas de las más importantes no sean exclusivamente cognitivas. Vamos a necesitar aprender a convivir con la incertidumbre, a relacionarnos con otros, a construir confianza, a imaginar alternativas y, sobre todo, a resolver problemas que probablemente nadie pueda resolver solo. Para eso, aprender a gestionar nuestras emociones puede volverse tan importante como saber leer y escribir.
En este contexto es donde creo que las escuelas pueden seguir aportando a la humanidad un servicio fundamental: desarrollar habilidades humanas para crear soluciones en comunidad.
Las herramientas, por el contrario, tendremos que estar preparados para modificarlas permanentemente. Lo que hoy aprendemos puede quedar obsoleto mañana. Por eso, más que enseñar una herramienta definitiva, quizás tengamos que aprender a aprender, a desaprender y a volver a aprender. La capacidad de adaptación al cambio vertiginoso puede terminar siendo mucho más útil que cualquier conocimiento específico que hoy consideremos imprescindible.
El primer aprendizaje puede ser el compromiso con la solución
No sé cuál es la humanidad del futuro, pero la humanidad es comunidad. Y para seguir existiendo tenemos que seguir desarrollando soluciones en conjunto.
Quizás ese sea uno de los grandes aprendizajes que la escuela todavía puede ofrecernos: no solamente enseñarnos a saber más, ni siquiera a hacer mejor las cosas, sino enseñarnos a vivir con otros cuando no sabemos exactamente qué hacer ni cómo hacerlo.
Si las escuelas crujen y no saben cómo responder, ese es el primer problema que tenemos que resolver en comunidad. Ya no podemos dejar que lo resuelvan otros por nosotros.
Tal vez el primer aprendizaje de la nueva escuela no sea una respuesta. Sea el compromiso con la solución.



