El dolor como expresión de la desesperanza.

Cuando el dolor está en un lugar más profundo.

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Dos personas conversando sentadas en un banco amarillo de una plaza
A veces, ayudar a alguien a recuperar la esperanza empieza simplemente por sentarse cerca y escuchar.

Hay momentos en la vida en los que el cuerpo no siente dolor, sino que el dolor está en un lugar más profundo. Para algunos ese lugar es el alma. Cuando estamos ahí, las salidas empiezan a desaparecer y las pocas que podemos ver nos parecen inalcanzables o, incluso, dejan de tener sentido.

Porque el dolor, cuando ocupa demasiado espacio, puede anular nuestra capacidad de sentir esperanza. Y sin esperanza, la vida empieza a perder sentido.

Tal vez una de las materias pendientes que tenemos como humanidad sea aprender a construir ese sentido. Durante mucho tiempo creímos que venía de afuera, que existía una realidad llamada destino que fijaba lo que la vida debía ser y que nosotros simplemente teníamos que encontrar nuestro lugar dentro de ella. Sin embargo, cuando observamos la historia de las sociedades, descubrimos que cada cultura construyó una idea diferente sobre el destino, sobre la vida y sobre aquello que vale la pena perseguir.

Y entonces aparece una posibilidad que, al mismo tiempo, puede resultar inquietante y liberadora: quizás no exista un afuera que nos condene de manera definitiva, sino un adentro desde el cual podemos volver a pensar nuestra propia realidad.

Las creencias con las que construimos la realidad

La filosofía lleva siglos discutiendo justamente esa idea. Se rebela frente a la certeza de que el sentido está afuera, aunque tampoco tiene pruebas definitivas para demostrar que está adentro. Hay intuiciones, argumentos, experiencias, pero pocas verdades absolutas. Porque quizás la verdad no sea exactamente la realidad, sino también una idea sobre aquello que somos capaces de creer.

Hay una frase que siempre me gustó mucho: solo somos capaces de crear aquello que primero somos capaces de imaginar. Y el límite de nuestra imaginación muchas veces está determinado por nuestras propias creencias. Por eso los grandes innovadores no necesariamente crearon lo imposible; muchas veces crearon algo que era posible, pero que nadie había sido capaz de imaginar hasta ese momento.

De alguna manera, algo parecido ocurre con la forma en que interpretamos nuestra propia vida. No vivimos solamente los hechos que nos suceden, sino también la historia que construimos alrededor de ellos. Una misma situación puede representar una derrota definitiva para alguien y convertirse, para otra persona, en el comienzo de algo diferente.

Eso no significa que el dolor sea imaginario ni que alcance con pensar distinto para hacerlo desaparecer. Las creencias no son solamente pensamientos que podemos cambiar con facilidad. Son estructuras de sentido mucho más profundas, construidas a partir de nuestra historia, nuestras emociones, nuestros vínculos y también de la manera en que nuestro cuerpo aprendió a responder frente al mundo.

Por eso transformar una forma de sentir o de interpretar la realidad requiere mucho más que repetir una frase positiva. A veces implica tiempo, acompañamiento, nuevas experiencias y, sobre todo, la posibilidad de empezar a creer que aquello que hoy parece definitivo quizás no lo sea.

El dolor y la imposibilidad de imaginar otra realidad

Tal vez ahí podamos entender algo importante sobre el dolor. Cuando sufrimos profundamente, no solo sentimos aquello que nos está pasando: muchas veces perdemos la capacidad de imaginar que algo diferente pueda pasar.

El dolor puede volverse tan intenso que modifica nuestra relación con el mundo. Se alteran nuestras capacidades para disfrutar de cosas que antes disfrutábamos, nos alejamos de los demás y, en algunos momentos, también de nosotros mismos. Todo empieza a quedar reducido a la experiencia presente, como si no hubiera existido un antes diferente ni pudiera existir un después.

Y quizás esa sea una de las expresiones más difíciles de la desesperanza: no creer que las circunstancias puedan cambiar.

A veces pensamos que para transformar nuestro dolor tienen que cambiar necesariamente las situaciones que nos rodean. Queremos dejar de estar solos, tener más ingresos, recuperar la salud, sentir que los demás nos valoran o alcanzar aquello que creemos que nos falta.

Pero la experiencia humana es bastante más compleja que eso. Hay personas que consiguen muchas de las cosas que soñaban y siguen sintiendo un profundo vacío, mientras otras, en circunstancias mucho más difíciles, logran encontrar motivos para seguir adelante.

Eso no significa que las condiciones externas no importen. Importan, y mucho. Pero nuestra relación con ellas también está atravesada por la manera en que interpretamos lo que vivimos y por las posibilidades que todavía somos capaces de imaginar.

La esperanza como una posibilidad de sentido

Tal vez la felicidad no consista solamente en conseguir todo aquello que soñamos. Quizás también tenga que ver con sentir que esos sueños tienen algún sentido mientras los perseguimos.

La esperanza no es la certeza de que vamos a conseguir aquello que queremos. Es, quizás, la posibilidad de creer que todavía vale la pena intentarlo.

Y eso cambia muchas cosas.

Porque cuando creemos que no hay ninguna posibilidad, cualquier esfuerzo parece inútil. Pero cuando aparece, aunque sea pequeña, la sensación de que algo puede ser diferente, también vuelve a aparecer una razón para movernos.

El dolor, la angustia y la creencia de que ya no hay más oportunidades son caminos que todos podemos transitar en algún momento de nuestra vida. Y muchas veces aparecen incluso en personas que, vistas desde afuera, parecen tener una vida perfecta.

Nadie sabe realmente qué sabor tiene el agua que está tomando otra persona. Porque el sabor no está solamente en el líquido, sino también en la forma en que cada boca puede sentirlo.

Por eso resulta tan difícil juzgar el dolor ajeno. Podemos conocer los hechos de una vida y, sin embargo, no comprender la experiencia que esa persona está viviendo dentro de ella.

Tender una mano cuando alguien no puede ver la salida

Septiembre es el mes de concientización sobre la prevención del suicidio. Y creo que es importante hablar de esto sin simplificarlo, porque detrás de una persona que siente que ya no quiere seguir viviendo pueden existir historias, dolores y circunstancias muy diferentes.

Pero hay algo que suele aparecer con frecuencia: la pérdida de esperanza, la sensación de soledad y la creencia de que no existen otras salidas posibles.

No se trata de juzgar. Tampoco de decirle a alguien que tiene que poner voluntad o pensar en positivo. Se trata de acompañar, de escuchar y, cuando sea necesario, de ayudar a que encuentre el apoyo profesional que necesita.

A veces una persona que está atravesando un momento muy oscuro no necesita que le expliquemos por qué la vida vale la pena. Tal vez necesita, simplemente, que alguien permanezca cerca el tiempo suficiente para ayudarla a volver a encontrar sus propias razones.

Porque cuando estamos dentro de un pozo, la oscuridad puede hacernos creer que ese lugar es toda la realidad. Pero que no podamos ver la salida no significa necesariamente que no exista.

Crear una esperanza posible

Por eso, si el dolor puede ser una expresión de la desesperanza, quizás también podamos preguntarnos cómo volver a construir las condiciones para que la esperanza aparezca.

No como una obligación de estar bien. No como una promesa de que todo va a cambiar mágicamente. Sino como la posibilidad de recuperar algo fundamental: la idea de que la realidad que hoy vivimos no tiene por qué ser la única realidad posible.

Tal vez no podamos cambiar todo lo que nos duele. Tal vez algunas circunstancias permanezcan y otras tarden mucho más de lo que quisiéramos en transformarse. Pero mientras podamos imaginar una posibilidad diferente, mientras exista alguien con quien compartir lo que nos pasa y mientras podamos construir хотя sea un pequeño motivo para mirar hacia adelante, la desesperanza no tiene por qué tener la última palabra.

Quizás crear esperanza sea justamente eso: ayudar a alguien a recuperar la capacidad de imaginar un futuro cuando, por sus propios medios, ya no puede hacerlo.

Y si el dolor nos hace creer que no hay salida, tal vez la esperanza comience en el momento en que alguien nos ayuda a mirar otra vez y descubrir que nuestra realidad puede ser diferente a la que hoy somos capaces de ver.

Si vos o alguien cercano está atravesando una situación de riesgo o pensando en suicidarse, buscar ayuda profesional y hablar con alguien de confianza es fundamental. Pedir ayuda no es una debilidad: es una forma de no atravesar solo aquello que, en determinados momentos, puede resultar demasiado difícil de sostener.

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