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Puede haber dos personas que se desean y, aun así, no se animen a hablar.
Pueden mirarse, tocarse, buscarse, dormir en la misma cama, compartir años de vida, y no encontrar las palabras para decir lo que realmente les pasa. Puede haber deseo y silencio. Puede haber amor y distancia. Puede haber cuerpo, pero no conversación.
También puede pasar algo más extraño todavía: una persona puede mostrarse todos los días, subir fotos, contar fragmentos de su vida, sostener una imagen pública, recibir miradas, mensajes, reacciones, y aun así sentirse insegura cuando alguien la mira de cerca.
Como si mostrar fuera más fácil que dejarse ver.
Mostrar no siempre es dejarse ver.
Vivimos en una época donde exponemos mucho, pero eso no significa que tengamos más intimidad. Podemos mostrar el cuerpo, la casa, lo que comemos, lo que pensamos, lo que hacemos, lo que queremos parecer. Pero hay una diferencia enorme entre mostrarse y entregarle a otro una parte verdadera de lo que somos.
A veces me pregunto si no hay una desconexión profunda entre lo que mostramos, lo que vemos, lo que sentimos y lo que realmente vivimos.
En mi caso, muchas veces lo vivo como una especie de doble vida. Por un lado, están mis vínculos cercanos, mis conversaciones, mis afectos, mis encuentros reales. Aunque incluso esos vínculos, para ser sincero, muchas veces también están mediados por una pantalla. Por otro lado, coexisto en un mundo digital donde aparece una versión de mí que no siempre coincide del todo con lo que estoy siendo.
Una forma de estar.
Una forma de responder.
Una forma de parecer disponible, interesante, seguro, deseable.
Y eso que al principio parecía una forma de ser de puertas para afuera empieza, lentamente, a filtrarse en cada una de las habitaciones donde vivimos nuestra intimidad.
En cómo nos miramos.
En cómo deseamos.
En cómo esperamos ser elegidos.
En cómo nos cuesta decir lo que necesitamos.
En cómo nos defendemos antes de pedir ternura.
La intimidad también empieza con uno mismo.
La pregunta, esta vez, no quiero hacérsela a los especialistas. No quiero convertir esto en diagnóstico ni en teoría. Hoy la pregunta me la hago a mí mismo: ¿cuánta intimidad tengo conmigo? ¿Qué tanto me conozco? ¿Qué tan sincero soy con mi forma de ser? ¿Qué partes de mí muestro con facilidad y cuáles todavía me cuesta habitar en silencio?
No son respuestas que quiera poner en redes. Son preguntas que me gustaría poder atesorar. Porque creo que ahí, en ese espacio que todavía no necesita ser publicado, aparezco de nuevo. En mi intimidad. En mi humanidad. En mi fragilidad. Pero también en mis fortalezas.
Estamos en una época donde se nos filtran nuevos mandatos. Antes, muchas expectativas sobre cómo debíamos ser se moldeaban en la caldera familiar, en esa olla íntima que nadie conocía del todo excepto quienes vivían ahí. Hoy siguen existiendo esas marcas, pero conviven con otras nuevas.
Ahora también aprendemos formas de hablar, de vestir, de mostrarnos, de vincularnos, de seducir, de responder, de parecer libres, de parecer seguros, de parecer deseables.
Como si hubiera fórmulas disponibles para cada versión de nosotros mismos.
Yo no creo que haya una única forma correcta de ser. Y siempre hago la misma aclaración: mientras una forma de ser no dañe a otro, no me interesa juzgarla desde afuera. Pero sí creo que hay formas de ser que nos acercan más a nosotros mismos y a los demás. Y hay otras que, aunque parezcan atractivas, nos dejan cada vez más lejos de lo que necesitamos decir.
Tal vez por eso la intimidad se volvió un lugar tan difícil.
Porque la intimidad no es solamente un encuentro con otro. Es primero un encuentro con uno mismo. Y desde ahí, recién desde ahí, puedo encontrarme con alguien más.
Pero si mi dificultad para encontrarme con otros aparece en mi incomodidad para hablar de lo que me pasa, de lo que necesito, de lo que deseo, de cómo quiero ser querido, de cómo necesito a otro para compartir mi vida, tal vez ese espejo me está mostrando algo más profundo: que todavía hay partes de mí con las que no sé conversar.
El deseo también habla del vínculo.
El deseo, entonces, no habla solamente del cuerpo. También habla del vínculo.
A veces, cuando el deseo cambia, cuando se apaga, cuando se vuelve raro, cuando incomoda, cuando aparece donde no esperábamos o desaparece donde creíamos tenerlo asegurado, quizás no está hablando solo la piel. Quizás está hablando una conversación pendiente.
Una distancia que no nombramos.
Un miedo a pedir.
Una vergüenza.
Una forma aprendida de defendernos.
Una parte de nosotros que no sabe cómo mostrarse sin actuar.
Podemos tener más libertad para hablar de sexualidad y, aun así, no saber cómo construir intimidad real. Podemos tener menos tabúes y más lenguaje disponible, pero seguir sin poder decir: me da miedo que me veas así. Necesito que me escuches. No sé cómo pedirte esto. Me cuesta estar presente. Te deseo, pero también me siento lejos. Te amo, pero ya no sé cómo hablarte.
La presencia que ninguna pantalla reemplaza.
La intimidad hoy es uno de los pocos lugares donde todavía queda reservado un espacio sin pantallas. Un lugar donde un abrazo, un beso, una mirada, un “te amo”, necesitan de otro que esté ahí, en presencia. No como espectador. No como usuario. No como reacción. Como alguien dispuesto a quedarse un poco más cerca de nuestra verdad.
Poder decir lo que sentimos, ser genuinos y dejarnos ser frágiles requiere algo muy simple y muy difícil: otro que esté con nosotros. Otro que no solo mire, sino que acompañe. Otro que no solo escuche para responder, sino que pueda cuidar eso que aparece cuando bajamos la defensa.
Las formas digitales de estar pueden ayudarnos en muchas cosas. Pueden acercarnos, conectarnos, abrir puertas, sostener vínculos a distancia. Pero en algunas zonas profundas de la vida son insuficientes. Hay partes de nosotros que no terminan de encontrarse en una pantalla. Hay verdades que necesitan cuerpo. Hay silencios que necesitan presencia. Hay conversaciones que solo aparecen cuando alguien se queda.
Y tal vez por eso, como humano que siente y necesita de otros, sigo eligiendo la frustración de ser incompleto y frágil.
Aun cuando no pueda decir todo lo que necesito.
Aun cuando no siempre sepa hablar de mi deseo.
Aun cuando todavía me cueste pedir amor sin sentirme vulnerable.
Sigo eligiendo buscarme en el mundo de las formas de carne y hueso. En una conversación incómoda. En una mirada que no puedo editar. En un abrazo que no se puede publicar del todo.
Porque no alcanza con mostrar algo de mí. Lo que realmente importa es animarme a dejarme ver.
¿Te pasa algo parecido?



