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A veces pasa algo mínimo.
Pensás en una persona y aparece su nombre en la pantalla. Dudás de una decisión y, de pronto, una frase en una conversación parece responder justo eso que no te animabas a preguntar. Venís con alguien en la cabeza toda la semana y alguien te dice que tiene un mensaje para vos.
Y ahí aparece esa incomodidad.
¿Es una señal?
¿Es una coincidencia?
¿Estoy viendo algo que está ahí o estoy buscando una respuesta porque necesito encontrarla?
No me interesa demasiado discutir si existe o no una fuerza inteligente, consciente y conectada con los seres humanos a la que podamos llamar universo, Dios o conciencia. Supongo que cada persona tiene su propia respuesta, o sus propias dudas.
A mí me interesa otra cosa.
Me interesa entender por qué, incluso en una época tan racional, seguimos buscando señales.
Por qué buscamos señales cuando necesitamos decidir.
Tal vez porque la vida no siempre nos da certezas, pero igual nos exige decidir.
Y ahí empieza el conflicto.
Nuestra mente necesita construir sentido. Necesita ordenar lo que pasa, unir puntos y cerrar espacios vacíos. No toleramos demasiado bien vivir en una realidad completamente abierta, donde algunas cosas simplemente ocurren y no significan nada.
Pero al mismo tiempo, tampoco tenemos elementos definitivos para llenar esos vacíos.
Tenemos teorías, intuiciones, creencias, experiencias y argumentos. Ninguno alcanza del todo. Siempre hay una grieta posible en cualquier explicación cerrada sobre la realidad.
Entonces caminamos por una cornisa.
De un lado, la necesidad de controlar.
Del otro, el deseo de confiar en que la vida tiene algo más para decirnos.
Entre la razón y el misterio.
Hay personas que se aferran con fuerza a la explicación racional.
Necesitan sentir que la ladera no se desmorona. Que todo puede ser comprendido, explicado y ordenado. Y puedo entenderlo. Si el vacío da miedo, si la incertidumbre se parece demasiado a una caída, aferrarse no parece cobardía. Parece supervivencia.
También hay personas que caminan con una confianza mucho más entregada.
Sienten que lo que ocurre tiene un sentido, que nada es casual, que incluso el precipicio forma parte del camino. No necesitan comprobarlo todo para avanzar.
Y después estamos los que vamos un poco a los tumbos.
Nos agarramos de la ladera porque no comemos vidrio, pero cada tanto soltamos la mano. No porque sepamos. No porque tengamos fe absoluta. Sino porque algo en nosotros quiere creer que la vida no es solamente una sucesión de hechos aislados.
¿Las señales existen o son interpretaciones?
Ahí, en esa tercera posición, la contradicción se vuelve más intensa.
No terminamos de entregarnos al misterio, pero tampoco podemos vivir como si nada lo tuviera. Nos maravilla quien no duda de su razón y también quien no duda de su fe.
Nosotros, en cambio, buscamos señales en el camino.
No necesariamente para que nos digan qué hacer, sino para sentir que el próximo paso tiene algún tipo de sentido.
Por eso, para mí, las señales no son hechos cerrados.
Son interpretaciones.
Son momentos en los que algo de afuera toca algo de adentro y nos obliga a mirar. No sé si revelan el camino correcto. Pero sí pueden revelar la pregunta que estamos evitando.
Señales y coincidencias: una diferencia posible.
Cuando alguien me dice que tiene un mensaje de una persona fallecida en la que yo venía pensando toda la semana, puedo llamarlo coincidencia.
También puedo llamarlo señal.
Pero lo importante, quizás, no es resolver cuál de las dos cosas es.
Lo importante es preguntarme qué se movió en mí cuando eso ocurrió.
Qué parte mía necesitaba escuchar algo. Qué creencia se abrió. Qué miedo apareció. Qué posibilidad empezó a existir solo porque me animé a prestar atención.
La diferencia entre señal y casualidad tal vez no esté en si puedo explicarlo lógicamente o no.
Tal vez esté en el tipo de pregunta que me deja.
Una casualidad puede pasar y seguir de largo.
Una señal, en cambio, me interrumpe.
Qué revelan las señales sobre nosotros.
No necesariamente porque venga de una voluntad universal. No puedo saberlo.
Pero sí porque algo en mí reconoce ahí una oportunidad para mirar el mapa de sentidos con el que estoy viviendo.
Y eso ya es bastante.
Porque una señal no debería reemplazar una decisión.
No debería sacarnos la responsabilidad de elegir. No debería convertirse en una orden, una garantía o una promesa de alivio.
Una señal, si sirve para algo, no viene a decidir por nosotros.
Viene a mostrarnos dónde todavía estamos buscando respuesta.
Una pregunta abierta sobre las señales del universo.
Quizás por eso seguimos mirando.
No porque seamos ingenuos.
No porque la razón no alcance.
No porque el universo tenga que hablarnos todo el tiempo.
Sino porque hay momentos en los que vivir también es interpretar. Y porque, cuando la duda aparece, incluso lo más pequeño puede convertirse en una puerta.
No sé si las señales existen como mensajes escritos en algún lugar invisible.
Pero sí sé que hay acontecimientos que despiertan preguntas que ya estaban adentro.
Y tal vez eso sea una señal suficiente.
¿Para vos qué son las señales?



