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Cuando lo que mostramos empieza a definir cómo nos vinculamos.
Entre tantos cambios que estamos viviendo con el avance de la tecnología, las redes sociales y la exposición constante de nuestra intimidad, como una vidriera donde mostramos lo que queremos que otros vean, me aparece una pregunta que no termino de esquivar: ¿qué de todo eso que pasa afuera está cambiando dentro nuestro?
Lo que empezó como una forma de mostrarnos, hoy también está cambiando la forma en la que nos elegimos y nos vinculamos.
Tal vez por ser más reservado, nunca fui de mostrar demasiado de mi vida íntima. Pero sí fui —y soy— de consumir lo que otros muestran. Y, lejos de ubicarme en el lugar del juicio, lo que me genera inquietud es otra cosa: la necesidad de exteriorizar nuestras vivencias, de compartirlas, de que sean vistas y, en algún punto, validadas.
Sobre todo cuando pienso que muchas de esas experiencias, en mi infancia, adolescencia y primera adultez, pertenecían a un territorio íntimo. Hoy, en cambio, aparecen con naturalidad en el espacio público, como si los límites entre lo íntimo y lo social se hubieran corrido sin que nos diéramos demasiado cuenta.
El cuerpo como vidriera en la era digital.
Una de las cosas que más me llama la atención es la exposición del cuerpo. Sin distinción de género, el cuerpo se ha convertido en una especie de vidriera donde se pone en juego nuestra valía, como si participáramos de un mercado donde la imagen es la principal moneda de intercambio.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando no somos tan atractivos como el del scroll anterior o el siguiente? ¿Valemos menos? Y si valemos menos, ¿tenemos que ponernos en oferta para que alguien nos elija?
La lógica del mercado aplicada a los vínculos.
Tal vez, si estás en pareja, sientas que esto no te afecta. Y si es así, me alegro por vos, de verdad. En un contexto donde tantas cosas se están redefiniendo, tener una certeza menos que resolver puede sentirse como un pequeño alivio.
Pero incluso en ese caso, la lógica de la exposición sigue operando. Porque vivimos en una era donde la imagen gobierna y donde, queramos o no, todos estamos en algún nivel exhibidos.
Ya no se trata solo de verse atractivo para generar un encuentro o un vínculo. Se trata también de encajar en ciertos modelos de éxito que circulan en las redes: tener una buena foto de perfil, elegir el ángulo correcto, mostrarse en determinados contextos, vestir de cierta manera. Como si, además de vivir, tuviéramos que diseñar permanentemente una versión de nosotros mismos que sea aceptada.
Y en ese proceso, no solo importa cómo nos vemos, sino también cómo nos vinculamos. Empiezan a aparecer nuevas exigencias, nuevas formas de interacción, casi como si las habilidades sociales —o los “skills”, para decirlo en lenguaje más actual— fueran una competencia más que debemos dominar si no queremos quedar afuera.
Identidades líquidas y percepción cambiante.
En ese espacio íntimo hay que desvestirse de todo lo que construimos hacia afuera. Y muchas veces, al hacerlo, el envase no coincide con la etiqueta. Aparecen la inseguridad, la angustia, la presión por sostener una imagen que tal vez no termina de representarnos.
Entonces la pregunta ya no es solo cómo nos mostramos, sino cómo nos encontramos con nosotros mismos cuando nadie más está mirando.
Porque algo de todo lo que cambió afuera se metió, sin pedir permiso, en nuestra forma de vincularnos. Y también en nuestra forma de amarnos.
Cómo nos amamos en un mundo donde no terminamos de reconocernos.
En un mundo donde no terminamos de reconocernos, se vuelve difícil conocernos. Y sin conocernos, es difícil saber qué necesitamos, qué deseamos y, en definitiva, cómo amar.
Por eso preguntarnos cómo nos amamos hoy puede parecer incómodo, incluso innecesario. Pero tal vez sea una de las preguntas más urgentes de este tiempo.
Porque en el momento de la intimidad —la real— no alcanza con la imagen que construimos. No alcanza con el personaje.
Ahí solo hay una condición posible: que los que estén presentes… sean reales.
¿Vos te sentís real?


