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¿Cuál es la diferencia entre estar vivo y sentirse vivo?
Estar vivo es como el reloj que marca el tiempo: funciona, avanza, no se detiene, sin importar lo que pase.
Sentirse vivo, en cambio, es el latido del corazón, que según el momento encuentra su propio ritmo y es lo que nos saca de la inercia de vivir en automático.
Esa es la parte sencilla de la respuesta.
La difícil es cómo vivir al ritmo del corazón… y no solo mirando la hora.
Hoy quiero contarte una historia.
La historia de Sara, la enfermera del corazón.
Sara, era una anciana que estaba en la cama de un hospital esperando que su reloj deje de avanzar.
Había sido enfermera toda su vida. Desde los 18 hasta los 70, cuando sus hijos le pidieron que dejara de trabajar por su salud. Ella insistía en que era justamente por su salud que quería seguir haciéndolo. Pero tanto su familia como el hospital pensaron que ya no era una buena idea que continuara.
Aun así, sabían cuánto bien le hacía ayudar a otros. Por eso le ofrecieron algo distinto: podía ir cuando quisiera a acompañar a los pacientes y darles aquello que ella sintiera que podía ayudarlos.
Así fue como, después de retirarse, Sara volvió al hospital casi todos los días. No como enfermera formal, sino como alguien que acompañaba a quienes estaban en sus últimos momentos.
Con el tiempo, empezó a pasar algo curioso.
Los pronósticos dejaban de ser tan exactos. Las personas vivían un poco más de lo esperado, pero, sobre todo, vivían distinto. Había más calma, más presencia, más algo difícil de medir.
Las enfermeras más jóvenes empezaron a llamarla “la enfermera del corazón”.
Pero el reloj de Sara, como el de todos, siguió avanzando.
Ella no era de mirar la hora, pero su cuerpo empezó a marcarle que era momento de retirarse. Y así fue como volvió a ese mismo hospital… pero esta vez como paciente.
Acostada en su cama, observaba a las enfermeras hacer su trabajo. Se maravillaba de lo precisas y eficientes que eran. Conocía el oficio a la perfección y valoraba cada gesto técnico de sus cuidadoras.
Incluso notaba cómo, entre tarea y tarea, revisaban sus teléfonos, respondían mensajes o sonreían ante algo que veían en la pantalla. Y aun así, todo lo que tenían que hacer, lo hacían bien.
Pensó que tal vez ella no habría podido ser enfermera en esta época. Que esas distracciones la habrían hecho equivocarse más de una vez. Pero sus cuidadoras lograban sostener ambos mundos.
Sin embargo, había algo que faltaba.
No había ninguna enfermera del corazón para ella.
Acostumbrada a estar en contacto con las personas, empezó a sentir la necesidad de que alguien la mire, le hable, la acompañe. No le preocupaba la muerte, ni siquiera la soledad, pero sí sentía el deseo profundo de compartir con alguien sus últimos momentos.
Su corazón latía lento, pero con cada latido sentía el peso de ese instante.
Sabía que su momento se acercaba… y no quería atravesarlo sola.
En ese momento entró una enfermera joven. Cumplió su protocolo a la perfección. Sara incluso notó cómo sus mejillas se sonrojaron al ver un mensaje en su teléfono, pero al instante volvió a su tarea.
Todo estaba en orden.
Todo funcionaba.
Pero algo no terminaba de estar presente.
Sara pensaba que, en ese sistema, no importaba tanto quién era la persona en la cama, ni su historia, ni sus emociones. El reloj marcaba la hora para todos por igual.
Estaba en esos pensamientos cuando sintió algo distinto.
La mano de la enfermera.
Un gesto simple. Casi imperceptible.
Mientras acomodaba las sábanas, la tocó con suavidad.
Sara levantó la mirada.
Y se encontró con unos ojos que la miraban.
De verdad.
Había una sonrisa cálida.
Había alguien.
Entonces dijo, con una voz que apenas sostenía:
—Gracias por verme. No quería irme sin que alguien me viera.
Tomó la mano de la enfermera y agregó:
—Mi corazón todavía late… pero ya es hora de irme. Y gracias a vos, este momento dejó de ser solo tiempo… y se volvió vida.
La vida necesita tiempo, pero el corazón necesita presencia
Sentirse vivo, para mí, no es solo intensidad. Es conciencia de lo que se está viviendo. Es poder habitar tanto el dolor como la calma, la risa como el silencio, el encuentro como la despedida.
Me siento vivo cuando dejo de pasar por la vida…
y empiezo a estar en ella.
¿Y vos… cuándo sentís que estás viviendo?


