Tal vez solo somos una poesía
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La hoja en blanco no siempre es un vacío
Abrí mi cuaderno. La hoja en blanco no era un espacio que me invitaba a llenarlo de palabras; era el espejo con el que mi alma me pedía que cuente quién soy, qué siento y qué hago con toda esa infinidad que hay en mí.
La hoja sigue vacía de letras, pero está completamente húmeda de mí.
El arte como una forma de ordenar el caos
¿Alguna vez te enfrentaste a la hoja en blanco, no para hacer algo, sino porque buscabas un espacio donde poder contar lo que sentías? Tal vez en la adolescencia todos hemos experimentado esa necesidad de darle orden al caos de las emociones, y para algunos una hoja en blanco representaba la forma de darle sentido a ese territorio lleno de volcanes en erupción que no nos permitían avanzar, pero que nos hacían sentir profundamente vivos.
Somos parte de lo que nos conmueve
Para mí, la metáfora que mejor representa al arte es la de un territorio de volcanes que explotan cuando, en su interior, la energía ya no puede ser contenida. Y, de alguna manera, esos volcanes pueden parecer lejanos, desconectados y hasta intrascendentes para alguien que está fuera de su alcance, pero que, al tomar contacto con ellos, no puede dejar de maravillarse y sentirse parte de esa expresión.
La explicación de por qué sentimos esa conexión es que, de alguna manera, somos parte de ese río de lava interna que generalmente no vemos, pero sí sentimos. Y el arte tiene una capacidad aún más reveladora: en su forma de conectarnos, diluye las agujas del reloj. Porque una canción escrita hace mil años puede hacerte llorar al escucharla hoy, en tu parlante bluetooth.
El arte no está para servir
Por eso, para mí, el arte no es solo una capacidad más de los seres humanos para expresar ideas y emociones. Porque, si esa fuera solamente su función, ya hubiéramos encontrado la forma de hacer más eficiente ese proceso. Y seamos honestos: la literalidad del arte no es objetiva y, a los fines prácticos, no es funcional para transmitir exactamente lo que el artista quiso expresar.
Y sin embargo, ahí está su potencia.
Porque nos muestra, una vez más, que nuestra humanidad tiene la capacidad de ser independientemente del objetivo.
El arte es esa hoja en blanco, esa guitarra en silencio, ese pedazo de barro o cualquier cosa que alguien pueda tomar y darle la forma que le permita expresar lo que siente. No nace para servir; nace con la irreverencia del que no tiene nada que perder y con la posibilidad de ser.
¿Y si no tenemos una función?
Tal vez, cuando busquemos los orígenes de la humanidad, deberíamos abrir la posibilidad de que existimos porque, al igual que una poesía, una conciencia necesitó expresarse. Sin mayor función ni utilidad que el simple hecho de dejarse ser.
Elegir entre ser útiles o ser expresión
Y, honestamente, si me dan a elegir entre tener una función en el cosmos o ser solamente una expresión artística, me quedo con la segunda. Porque lo que me conecta con mi creador no es una obligación del ser, sino algo más profundo: ser parte de su capacidad de sentir.
Y si ese sentir es similar al mío, por un principio de correspondencia, entonces mi creador tiene alma, disfruta y sufre, y es capaz de hacer, de la nada, una obra de arte sin necesidad de ser expuesta para que tenga sentido.
Una explicación que no necesita ser comprobada
Tal vez sea una forma romántica de comprender la existencia, pero no deja de ser una que, mientras el arte nos conmueva, puede ser la única explicación de por qué estoy acá escribiendo esto… y vos leyéndolo.
Te saludo desde mi pasado, que es tu futuro, pero que, en este momento, es nuestro presente.



