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Alguna vez te pasó que algo de lo que sucede alrededor te suena lógico, pero al mismo tiempo sentís que no cierra.
Esa sensación está presente en muchas teorías psicológicas y relatos de ciencia ficción. También aparece en las teorías conspirativas, pero puede ser, al mismo tiempo, el punto de partida de investigaciones científicas o un cambio de percepción que cambie nuestra manera de comprender el mundo.
El límite de nuestras certezas
Cuando esto ocurre, emerge algo que, a mi entender, expresa de manera clara lo que significa ser humanos: la posibilidad de convivir con distintas realidades de sentido al mismo tiempo, otorgando valor de verdad a aquellas que no nos generan contradicciones operativas.
Por ejemplo, puedo pensar que vivimos en una realidad que es un holograma, que la Tierra no es redonda o que estoy durmiendo y todo es un sueño. Pero, aun así, cuando me piden que saque una olla del fuego, lo hago con un trapo para no quemarme.
No conozco un término científico único que describa esta situación, y no me parece necesario forzar una etiqueta. Me interesa algo más: la capacidad de actuar a partir de ciertos conocimientos mientras sostenemos dudas sobre otros aspectos de la realidad. Y, sobre todo, nuestra capacidad —o incapacidad— para comprender aquello que parece escapar de nuestras fronteras de entendimiento.
Hay una frase que me ilumina cuando la ignorancia apremia: lo más difícil de cambiar en un ser humano son sus creencias; sin embargo, son las únicas que, al cambiar, pueden transformar la manera en que percibimos y comprendemos la realidad.
A veces, obligarnos a considerar algo totalmente distinto de aquello que nos da certeza es lo que permite ampliar los horizontes de lo que creemos ser.
En mi caso, la lógica siempre opera con una densidad abrumadora. Convencerme de lo contrario de lo que pienso es un esfuerzo titánico que debo hacer cada vez que siento que todo me cierra perfectamente. Lo hago por el simple desafío de no quedarme con una idea limitante por el solo hecho de que me parezca verdadera.
La realidad que podemos comprender
El paradigma científico me resulta muy cómodo y efectivo. Ante la duda, suelo pensar que el tiempo traerá las respuestas. Sin embargo, una parte de mí me obliga a dudar y a pensar que tal vez la ciencia arroje luz sobre una parte de mi existencia, pero no necesariamente sobre toda ella. Como el haz de una linterna, ilumina aquello hacia donde dirigimos la mirada, mientras otras zonas permanecen oscuras.
Para evitarme un reproche posterior, intento ampliar mi capacidad de aceptar otras experiencias sin reducirlas automáticamente a lo que yo ya conozco. Intento reconocer que lo que otra persona vive puede ser tan real para ella como lo que yo percibo, aunque eso no signifique que su interpretación de lo ocurrido sea necesariamente correcta.
En este punto, vale la pena detenerse en una distinción: la ciencia es una herramienta extraordinaria para construir conocimiento, pero sus modelos no son la realidad misma. Si te interesa profundizar en esta relación entre conocimiento, paradigmas y límites de la ciencia, podés leer este artículo sobre la concepción epistemológica de la ciencia y sus límites, publicado en una revista académica.
Cuando lo que sabemos no alcanza para explicar lo que vemos
Y, como dije antes, que yo crea otras cosas no me impide tomar la olla con un trapo.
La historia de la ciencia ofrece ejemplos de cómo ciertas ideas que parecían incompatibles con el conocimiento establecido terminaron modificando nuestra comprensión del mundo. Copérnico propuso un modelo heliocéntrico que desplazaba a la Tierra del centro del sistema planetario; Einstein reformuló conceptos fundamentales sobre el espacio, el tiempo y la gravedad; Faraday investigó la relación entre electricidad y magnetismo; Wegener propuso que los continentes se desplazaban, una idea que encontró resistencia antes de que nuevos hallazgos permitieran desarrollar la teoría de la tectónica de placas; y de Broglie planteó que la materia también podía presentar propiedades ondulatorias, una hipótesis que luego recibió confirmación experimental.
Son historias diferentes, y no todas siguieron el mismo camino. Pero tienen algo en común: muestran que un modelo de la realidad puede ser insuficiente y que aquello que hoy nos parece imposible de comprender puede adquirir otro sentido cuando aparecen nuevas ideas, observaciones o herramientas.
Hay otros casos que plantean preguntas diferentes. En 2007, la revista The Lancet publicó el caso de un hombre de 44 años con hidrocefalia severa y una cantidad muy reducida de tejido cerebral visible, que llevaba una vida relativamente autónoma. No se trataba de un cerebro literalmente comprimido al 90 %, como suele resumirse en algunas versiones del caso. Lo relevante era la diferencia entre la alteración anatómica observada y el funcionamiento de esa persona.
También existen casos documentados de remisión espontánea del cáncer, en los que la enfermedad disminuye o desaparece sin que el resultado pueda atribuirse a un tratamiento considerado suficiente para explicarlo. Y se han publicado relatos de lucidez terminal: episodios en los que personas con deterioro neurológico grave recuperan inesperadamente, poco antes de morir, cierta claridad mental o capacidad de comunicación.
Estos últimos fenómenos requieren una consideración distinta de los grandes cambios en la historia de la ciencia. Que hayan sido reportados no significa que conozcamos sus mecanismos ni que todas las interpretaciones que se hacen sobre ellos estén demostradas. En particular, la investigación sobre la lucidez terminal sigue siendo limitada. Podés consultar esta revisión médica en español sobre la lucidez terminal y sus posibles mecanismos.
Pero justamente ahí aparece una pregunta que me interesa explorar.
Podemos investigar estos casos, buscar mecanismos, proponer hipótesis y tratar de encontrar explicaciones. Es razonable hacerlo. Sin embargo, hay una diferencia entre reconocer que todavía no conocemos la explicación de un fenómeno y estar seguros de que todo fenómeno tiene que contar con una explicación racional que algún día podremos comprender.
¿Y si no fuera así?
No estoy afirmando que estos casos carezcan de explicación. Tampoco que la realidad cambie físicamente cuando cambia nuestra manera de comprenderla, aunque tal vez sea posible. Sin embargo la pregunta se centra en si no estaremos convirtiendo una herramienta extraordinariamente eficaz —la razón— en una certeza sobre los límites de todo lo que existe.
¿Y si el problema estuviera en el marco desde el que pensamos?
A veces, una mente necesita apartarse de la lógica instrumental vigente para prestar atención a una grieta, a una falta de armonía en el modelo aceptado. No para abandonar la evidencia ni para dar por cierto cualquier pensamiento, sino para encontrar otra manera de mirar y abrir la posibilidad de comprender algo que antes quedaba fuera de nuestro marco.
En mi opinión, así como la mente es capaz de superarse a través del pensamiento lateral y creativo, tal vez sea también la linterna que nos hace creer que la realidad que observamos bajo su luz es la única posible.
Quizás debamos contemplar, con las mismas dudas, intuiciones y certezas que nos acompañan, la posibilidad de que no todo lo que somos se agote en la mente, la racionalidad y la lógica. Que pueda haber algo de nuestra existencia que no logremos reconocer precisamente porque insistimos en buscarlo con las herramientas que ya conocemos.
No se trata de afirmar que existe una realidad inexplicable. Se trata de preguntarnos si tenemos razones suficientes para estar seguros de que todo lo real debe poder explicarse.
¿Alguna vez sentiste que la mente no logra explicar quién sos?



