No aprendimos las lecciones más importantes de la vida por el texto, sino por el contexto.
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Estando de vacaciones, me quedé mirando a un papá que le enseñaba a pescar a su hijo. Era una tarde tranquila, sin una gota de viento, de esas en las que el mar parece un espejo y las voces llegan claritas. Con una paciencia y una ternura hermosas, el tipo le explicaba cómo armar la caña, cómo elegir el anzuelo y de qué manera poner la carnada; le iba contando el paso a paso, los detalles y el porqué de cada cosa. Al principio no había pique y el nene —que no tendría más de cinco años— se aburría y salía corriendo para cualquier lado, lo cual era totalmente esperable para su edad.
El papá lo dejaba ser, pero cada tanto le recordaba que, si se distraía, se le podía escapar el pez. En un momento, la caña cabeceó, pegó el tirón y el nene, fascinado, logró sacar su trofeo. Estaban felices. Una de esas postales simples que seguro van a guardar para siempre en la memoria.
Lo divertido vino al final, cuando ya estaban juntando las cosas para volverse. El papá, buscando cerrar la tarde con una linda enseñanza, le preguntó: «¿Qué aprendiste hoy?». Y el nene, con una frescura desarmante, le contestó: «Que para sacar un pescado necesito que me prepares todo y me avises cuándo tirar».
La trampa de creer que el saber se transfiere
Ese papá y yo nos llevamos una lección enorme ese día: no importa tanto lo que uno intenta enseñar con el mejor de los métodos; lo que marca la diferencia es lo que el otro realmente aprende.
A veces nos gana la soberbia de creer que, porque tenemos un saber, podemos transferirlo como si fuera un paquete. Y en el camino nos olvidamos de algo elemental: cada uno aprende a su manera. No solo en el modo de incorporar un dato, sino en el significado profundo que le da. El lenguaje nos tiende una trampa: nos hace creer que, porque compartimos las mismas palabras, estamos entendiendo lo mismo, o sintiendo lo que el otro siente cuando las pronuncia.
En la educación esto salta a la vista, sobre todo cuando quien enseña se anima a callarse y preguntar: «¿Qué te quedó de todo esto?». Ahí es donde se cae la careta de los objetivos y se ve la verdad. O se tendió un puente real, o pasó lo que le pasó a ese papá: el hijo aprendió algo sobre pescar y sobre la vida, pero no tenía absolutamente nada que ver con la lección que su padre había planificado.
Del aula a los algoritmos: el desafío de dar instrucciones
No estamos descubriendo la pólvora; los grandes maestros lo vienen advirtiendo desde siempre, pero tropezamos una y otra vez con la misma piedra. Y hoy nos pasa algo muy parecido con la inteligencia artificial: creemos que, porque le escribimos un mensaje que para nosotros es súper claro, la máquina nos tiene que devolver exactamente lo que imaginamos. La tecnología procesa de formas distintas a las nuestras. Ahí no hay una conciencia humana donde las emociones pesen en las decisiones, pero sí hay una lógica de respuesta que muchas veces nos descoloca (un dilema que en ciencias de la computación se estudia a fondo dentro del problema de la alineación de la inteligencia artificial).
En esta época de cambio vertiginoso, donde nos estamos hibridando con la tecnología a cada paso, se vuelve urgente recordar que enseñar y aprender es un proceso donde primero hay que alinear propósitos para encontrar un suelo común.
La diferencia entre el objetivo y el sentido
Y ojo, que propósito no es lo mismo que objetivo. El objetivo es apenas la meta que orienta la acción; el propósito es el alma, lo que le da sentido a ese objetivo. Y esa es una lección que las máquinas todavía no aprendieron y dudo mucho que aprendan alguna vez. Porque el sentido brota exclusivamente del lazo afectivo, del encuentro cara a cara con el otro, de nuestras búsquedas espirituales y de lo que sentimos frente a la vida, la muerte y el misterio de existir.
Ah, y me gustaría dejarles una cosita más 😉
Aprender de verdad lleva tiempo. Requiere habitar ese espacio donde la cabeza, las emociones y el espíritu se encuentran para crear una mirada nueva del mundo que nos toca vivir. No hay recetas instantáneas: así como no existen pastillas para enamorarse, tampoco las hay para el saber; siempre hace falta la experiencia.
Lo rico de la vida se disfruta mientras la saboreamos, no cuando llega el momento de pagar la cuenta.



