¿Por qué seguimos haciendo cosas que sabemos perfectamente que nos hacen mal?
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Sé que está mal, sé que me hace mal, pero no me importa
Mientras pienso en los problemas de la ecología y el medioambiente, me doy cuenta de que, en el fondo, me pasa algo bastante parecido cuando intento mantener una alimentación saludable. Yo sé que desayunar un alfajor de chocolate, con harina y dulce de leche, no es saludable, no es recomendable y tampoco es demasiado compatible con mi objetivo de mejorar mi calidad de vida física. Sin embargo, aun mientras escribo esto, me levanto, voy al cajón de los dulces y disfruto de ese alfajor.
Mi problema no es la falta de información, ni el hambre, ni la falta de opciones. Y me animaría a decir que tampoco es una cuestión de voluntad, porque en el noventa por ciento de mis acciones tengo una conducta bastante saludable. Pero nada de eso me impide hacer, de vez en cuando, exactamente aquello que sé que contradice lo que quiero para mí.
Y ahí es donde aparece una pregunta que, cuando la saco del terreno de mi alfajor, se vuelve bastante más incómoda: ¿por qué somos capaces de ser conscientes de una realidad que sabemos que nos hace mal y, aun así, no hacer demasiado para cambiarla?
El problema no siempre es saber
Desde la psicología y la sociología existen múltiples teorías que pueden ayudarnos a interpretar este tipo de acciones, que, aparentemente, no son solamente mías, sino bastante propias de nuestra especie. La disonancia cognitiva, la apatía, la impotencia aprendida, la distancia psicológica frente a los grandes problemas o la sensación de que nuestras acciones individuales no tienen ningún impacto son algunos de los conceptos que intentan explicar por qué podemos saber algo y, aun así, actuar como si no lo supiéramos.
Pero hay una idea que me interesa especialmente porque, de alguna manera, conecta todo esto con una pregunta más profunda: la apatía no nace solamente de la falta de información, sino también de la falta de horizontes. Cuando saber la verdad no viene acompañado de una vía concreta para transformar la realidad, el conocimiento puede convertirse en una carga que el ser humano prefiere adormecer.
Y entonces el problema deja de estar solamente en lo que sabemos y pasa a estar en lo que hacemos con eso que sabemos.
Porque si sé que algo es importante, pero no encuentro un motivo suficientemente profundo para actuar, o siento que haga lo que haga nada va a cambiar, probablemente la información termine siendo una especie de ruido incómodo que aprendo a ignorar. Como cuando sé que debería dejar el alfajor en el cajón, pero decido que, por una vez, no importa tanto.
El problema es que hay situaciones en las que ese mecanismo funciona porque las consecuencias parecen pequeñas y otras en las que, tal vez, seguir actuando así tiene un costo bastante mayor.
La importancia de tener un horizonte
Y es ahí donde esto entra en mi terreno de pensamientos, porque la pregunta que me interesa no es solamente por qué no hacemos lo que sabemos que deberíamos hacer, sino qué hace que algo tenga sentido de una manera tan profunda y coherente dentro de nuestro sistema de creencias que incluso esfuerzos sobrehumanos nos parezcan necesarios.
Ejemplos en la historia sobran. Y también creo que todos tenemos alguna experiencia personal de esas gestas, pequeñas o grandes, de las que nos sentimos orgullosos porque nos exigieron más de lo que creíamos posible y, aun así, logramos —o al menos intentamos— cumplir aquello que nos habíamos propuesto.
Porque lo que le da sentido a nuestras acciones no siempre está en lo que hacemos, sino en la historia que nos contamos sobre por qué vale la pena hacerlo.
Una persona puede recorrer una distancia enorme, pasar frío, cansancio o miedo, y considerar que todo eso tiene sentido si al final del camino hay algo que cree importante. Pero si le quitamos ese horizonte, probablemente el mismo esfuerzo se vuelva absurdo.
Por eso creo que el sentido de nuestras vidas no está solamente en el afuera. Nace primero en nuestro sistema de creencias, en la forma en la que interpretamos lo que nos pasa y en los relatos que construimos para entender por qué algunas cosas merecen nuestro esfuerzo y otras no.
Y quizás por eso, en esta época, necesitamos preguntarnos cómo nos estamos contando los cuentos que nos contamos. Porque, al final, esos cuentos también terminan definiendo la historia que vamos a vivir.
Cuando los grandes relatos dejan de ordenar el camino
Esta época suele ser definida como una nueva crisis de sentido. Y cuando una sociedad atraviesa una crisis de este tipo, se vuelve mucho más difícil orientar las acciones individuales y colectivas hacia un horizonte compartido.
En otros momentos de la historia, existían relatos que, más allá de si hoy estamos de acuerdo o no con ellos, lograban ordenar de manera bastante clara qué cosas eran importantes, qué sacrificios valía la pena hacer y qué tipo de futuro se esperaba construir.
Si antes se decía que cruzar una cordillera para liberar a la patria era importante para la sociedad y para nuestros afectos, entonces, para muchas personas, incluso morir en esa gesta podía tener sentido. Hoy, probablemente, necesitaríamos otros motivos para convencer a un hijo de que pusiera su vida al servicio de una causa semejante.
No digo que eso sea mejor o peor. Simplemente creo que los relatos que le dan sentido a la vida tienen mucho que ver con la manera en la que una sociedad construye sus horizontes de expectativas sobre lo que merece ser vivido. Y desde esos grandes relatos, cada uno de nosotros va construyendo también sus propios propósitos individuales.
Hoy vivimos en una época de una enorme fragmentación de relatos. Ya no existe una única forma de entender qué es una buena vida, qué significa progresar, qué deberíamos hacer con nuestro tiempo o cuál es el destino que debería perseguir la humanidad.
Eso nos da una enorme libertad, pero también nos deja frente a una dificultad: construir sentidos compartidos se vuelve mucho más complejo.
Y eventualmente puede ser que los grandes relatos sociales, tal como los conocimos durante buena parte de nuestra historia, sean algo que ya no vuelva a existir de la misma manera.
Pero hay problemas que no pueden ser individuales
Sin embargo, hay algo que creo que deberíamos preguntarnos.
Si bien la libertad para construir nuestro propio sentido es un derecho, ¿qué pasa cuando los problemas que enfrentamos no son solamente individuales, sino que requieren una responsabilidad colectiva?
Porque podemos tener distintas ideas sobre cómo vivir, qué creer, qué tipo de sociedad queremos construir o incluso qué entendemos por felicidad. Pero hay problemas frente a los cuales nuestras diferencias de sentido no modifican una realidad bastante concreta.
Puede ser que exista, al menos, una cuestión que nos comprometa a todos independientemente de nuestras creencias individuales: si queremos que la humanidad siga existiendo, necesitamos un lugar donde poder vivir.
Y ahí aparece el cuidado del medioambiente.
Porque podemos discutir casi todo lo demás, pero sin un planeta capaz de sostener nuestra existencia, no hay demasiadas posibilidades de seguir discutiendo.
El alfajor y el fin del mundo
Claro que sé que comparar un alfajor con el fin del mundo es bastante exagerado. Aunque, mientras lo pienso, quizás no lo sea tanto.
No porque comer un alfajor vaya a destruir el planeta, sino porque el mecanismo puede ser parecido.
Sé que algo no es bueno. Sé cuáles podrían ser las consecuencias. Tengo información, alternativas y hasta la posibilidad de cambiar mi conducta. Pero también tengo algo mucho más inmediato frente a mí: un deseo, una comodidad, una satisfacción momentánea o simplemente las ganas de no pensar demasiado en el problema.
Y entonces abro el cajón.
Quizás eso sea lo que tenemos que preguntarnos cuando hablamos del medioambiente. No solamente si sabemos lo suficiente sobre lo que está pasando, sino si encontramos un horizonte que haga que actuar tenga sentido.
Porque probablemente nadie pueda sostener durante toda su vida un esfuerzo basado únicamente en el miedo, la culpa o la obligación. Necesitamos encontrar razones que conecten el cuidado de aquello que compartimos con algo que también sintamos como propio.
Tal vez el desafío no sea solamente convencer a las personas de que el planeta está en problemas. Tal vez sea construir un relato suficientemente poderoso para que cuidar el lugar donde vivimos deje de sentirse como una responsabilidad abstracta y se convierta en parte de aquello que queremos hacer con nuestra vida.
La pregunta que les dejo esta semana es bastante simple, aunque creo que la respuesta no lo sea tanto: ¿vamos a hacer algo para que este planeta sea parte de nuestro propósito o simplemente vamos a seguir fingiendo demencia y abriendo el cajón de los dulces para satisfacer un antojo momentáneo?



