Explorar lo humano en todas sus formas
⏱️ Tiempo de lectura: 4–5 min
A veces me preguntan por qué varío tanto los temas sobre los que escribo o hago los streaming. Es una pregunta que me cuesta responder si no lo hago desde la más absoluta honestidad. Y la respuesta, en el fondo, es bastante simple: me divierte conocer las distintas facetas del ser humano que soy y que veo reflejadas en los demás.
Para mí, hablar de la vida después de la muerte, de la angustia por el cambio tecnológico, de la emoción que transmite un poema o de una experiencia erótica, no son temas aislados. Más bien, son facetas que están presentes en nuestro día a día, pero que habitualmente experimentamos de manera desarticulada, como si no tuvieran relación entre sí.
Una identidad que no se puede fragmentar
En ese sentido, la psicología y las terapias holísticas coinciden en algo bastante claro: no podemos separar lo que somos de lo que sentimos, de lo que creemos y de la historia que amalgama todo eso en nuestra psiquis. Yo, conciencia, alma, espíritu, mente… o como cada uno quiera nombrar esa identidad que autopercibimos como lo que somos.
A partir de ahí, para poder reconocerme, me interesa explorar esos distintos campos donde siempre hay alguien que tiene algo para decir sobre la experiencia humana. Y lo que encontré en estas últimas semanas, al poner el foco en los vínculos, la intimidad y las fantasías, es que las experiencias en sí no difieren tanto entre sí; lo que realmente modifica nuestra identidad es la forma en la que las incorporamos y, sobre todo, cómo las exteriorizamos.
La experiencia como construcción
Si tuviera que intentar explicarlo, diría —aunque sea de manera parcial— que es la forma en la que la existencia, sea conciencia o simple producto evolutivo de una manifestación inconsciente, se permite generar experiencias infinitas. No me quiero detener demasiado en esto ahora, pero lo traigo porque, cuando lo miro desde ese lugar, aparece algo interesante: se abre un margen mayor de aceptación para vivir sin tantas limitaciones.
El territorio donde aparecen los límites
Ahora bien, hay un terreno donde esas limitaciones se hacen mucho más visibles. Y ese terreno es la sexualidad.
De alguna manera, hemos construido la idea de que las experiencias sexuales deben permanecer en el ámbito de lo privado, y que, cuando se corren de ese lugar, pasan a ser vistas como algo inapropiado, de mal gusto o incluso cercano a la perversión.
Lo que podemos decir… y lo que callamos
Sin embargo, si lo comparamos con otros aspectos de la vida, la diferencia es bastante llamativa. Somos capaces de expresar y defender —incluso con violencia— creencias religiosas, políticas, deportivas o filosóficas. No tenemos demasiados reparos en decir cosas muy fuertes sobre otros solo por pensar distinto.
En cambio, cuando la conversación gira en torno a la sexualidad, la intimidad o el erotismo, el clima se modifica. Aparecen los silencios, las miradas incómodas y ciertos gestos de desaprobación que marcan un límite difícil de cruzar.
Tres dimensiones de la incomodidad
Si intento entender qué está pasando ahí, se me ocurren al menos tres dimensiones posibles.
Por un lado, está la diferencia entre lo público y lo íntimo. Defender una idea nos permite apoyarnos en un grupo, construir pertenencia y, en cierto modo, protegernos. En cambio, hablar de sexualidad expone algo mucho más propio, y esa exposición genera incomodidad.
Por otro lado, aparece la vulnerabilidad. Cuando alguien cuestiona lo que pensás, se pone en juego una idea; pero cuando se habla de deseo o de fantasías, lo que queda al descubierto es algo mucho más cercano a la identidad. Y ahí el riesgo de vergüenza o rechazo se vuelve mucho más intenso.
Y, finalmente, hay una tercera dimensión que es más difícil de nombrar. Podemos discutir ideas desde lo conceptual, pero la energía sexual responde a otra lógica: es más primaria, más creativa, más difícil de encasillar. Y cuando la mente no logra ordenarla, muchas veces opta por el silencio.
Integrar lo que incomoda
Ahora bien, si bajamos un poco todo esto a algo más concreto, lo que realmente está en juego no es tanto el tema en sí, sino nuestra propia incomodidad frente a él.
Y quizás, si encontráramos formas más simples y cotidianas de hablar de estas cuestiones, perderían ese peso que hoy las vuelve tensas, ocultas o reprimidas, y podrían empezar a integrarse como una parte más de la experiencia humana.
Una puerta más para conocernos
Porque, en definitiva, la sexualidad, la intimidad y el erotismo no son algo aparte.
Son, más bien, una puerta.
Una de las tantas por las que podemos entrar a conocernos como lo que somos: un conjunto de dimensiones que se integran para experimentar eso que llamamos ser humanos.



