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Cuando la razón no alcanza
Ayer escuché la frase: “todo tiene una explicación, aunque no la sepamos”.
Y me quedó dando vueltas una pregunta: ¿qué pasa si hay cosas que no la tienen?
La tranquilidad entre la certeza y la ignorancia suele apoyarse en la confianza de que, en algún momento, la primera va a llegar. Para quienes organizamos la vida desde la mente, esta idea funciona como un bálsamo en los momentos de incertidumbre, porque podemos convivir con el desconocimiento, pero no tanto con el vacío de sentido.
¿Alguna vez te encontraste en una situación donde no entendías lo que estaba pasando, porque se escapaba de lo que, en teoría, debería suceder? ¿O seguiste un manual al pie de la letra y aun así las cosas no funcionaron? ¿Qué sentís en ese momento?
Yo, muchas veces, siento que hice algo mal o que no comprendí bien las instrucciones. Como si la verdad siguiera ahí, intacta, esperando ser descubierta, y fuera solo mi tarea encontrarla.
El límite de los manuales
Pero cuando pienso en la vida y en ese supuesto “manual de instrucciones” que nos dieron, siento algo distinto. Empiezo a sospechar que el manual está mal. Que no representa lo que la realidad es, sino apenas una lista de cosas que parecen funcionar… hasta que dejan de hacerlo.
Y entonces aparece algo más incómodo: la sensación de que hay mucho de esta vida, de este cuerpo y de esta experiencia que tengo que descubrir por mí mismo.
Honestamente, por momentos es frustrante. Porque incluso leyendo o escuchando a quienes, en teoría, saben de qué se trata la vida y cómo vivirla, me queda una sensación extraña: no me están dando las respuestas que necesito.
¿Alguna vez sintieron ese vacío? ¿Cómo lo llenan?
La búsqueda sin garantías
Yo puedo compartir la mía, por si a alguien le sirve. Sigo buscando. No me conformo con lo que “debería” funcionar. Aunque también reconozco que probablemente sea un viaje sin garantías, porque muchos antes recorrieron ese camino y llegaron a lugares similares: ideas subjetivas, sin certezas absolutas.
Tal vez el problema sea justamente ese camino que insistimos en recorrer. Tal vez no es el camino de la verdad el que nos va a llevar a las certezas. O tal vez sí… pero usando otros instrumentos distintos a los de la razón o los de la fe.
No lo sé. Y tampoco quiero aferrarme a ellos solo porque no tenga otros.
Cuando la emoción da sentido
Sin embargo, incluso en medio de esa desolación de sentido, hay algo que aparece como un oasis. Un lugar donde la duda se detiene, la angustia se calma y el sinsentido se transforma, por un instante, en una certeza absoluta: la emoción.
No importa si es de alegría o de dolor. Cuando la emoción es plena, transforma el espacio de la existencia en un lugar donde solo hay presencia. Ser y estar, sin necesidad de explicación.
Pensá en esos momentos donde una emoción te atravesó por completo: el nacimiento de un hijo, el primer beso con alguien que amás, el reencuentro con un ser querido… o también aquellos más difíciles, como una pérdida o una ruptura.
En esos momentos, la vida cobra sentido. O quizás, más precisamente, deja de necesitarlo.
Una verdad que no se explica
Lo curioso es que solemos relativizar esos momentos. Los llamamos “instantes”, como si fueran una excepción, y confiamos en que el tiempo va a poner todo en su lugar. Como si existiera una perspectiva superior que nos dijera que la emoción no es verdad, sino una ilusión.
Y tal vez sea así. No tengo una creencia ni una razón que lo invalide.
Pero cuando me siento perdido, cuando no encuentro respuestas, un abrazo, un “te quiero” o un simple “acá estoy” me devuelven las ganas de seguir estando.
Tal vez no todo tenga una explicación…
pero sí puede tener sentido.
¿Dónde encontrás vos ese lugar cuando las respuestas no alcanzan?



