
“Nunca fue tan fácil opinar sobre alguien… sin haberlo mirado a los ojos.”
La semana pasada hablamos sobre los cambios que proponen las IAs y las nuevas tecnologías. Pero hay un cambio más silencioso, que viene operando frente a nuestras narices y que se profundiza con la interacción digital: la deshumanización del otro.
No sé si alguna vez te pasó que juzgaste a alguien por algo perjudicial que te hizo a vos o a otra persona y que, de alguna manera, ese juicio cambió cuando lo conociste. No hablo necesariamente de entender sus circunstancias, sino de algo más simple: darte cuenta de que era una persona como vos, que había cometido un acto desleal, dañino o incluso inhumano.
El encuentro que cambia el juicio
No es solo una intuición. Hay múltiples experiencias que muestran cómo el encuentro transforma la percepción. Podemos pensar en la Tregua de Navidad, donde soldados enemigos suspendieron la guerra al reconocerse como personas, o en la justicia restaurativa, que parte de una idea central: el daño empieza a sanar cuando dejamos de ver un “caso” y volvemos a ver a alguien.
Al final, el prejuicio funciona como un muro. Y ese muro no se derrumba con argumentos, sino con presencia. Cuando nos sentamos en el mismo banco, a la misma altura, aparece algo incómodo pero inevitable: el reconocimiento de que el otro, más allá de sus actos, está hecho de la misma materia humana que nosotros.
Ahora bien, esto no es una invitación a romantizar el perdón ni a justificar conductas dañinas. Cada acción implica responsabilidad y tiene consecuencias. Pero hay una diferencia importante entre juzgar un acto, proteger a las víctimas y, por otro lado, deshumanizar completamente a quien lo cometió.
Porque la deshumanización no es inocua. No solo impacta sobre el otro, sino también sobre quien la ejerce, ya que al reducir a alguien a una etiqueta —“enemigo”, “criminal”, “idiota”— simplificamos la realidad, pero también limitamos nuestra propia capacidad de comprenderla.
Conectados, pero menos humanos
Y este fenómeno, en la era digital, se amplifica. Las redes nos permiten opinar, reaccionar y condenar en segundos, sin contacto real, sin contexto y sin la fricción del encuentro humano. En ese espacio, el otro deja de ser alguien y se convierte en un perfil, una idea, un blanco.
La paradoja es evidente: mientras más conectados estamos, más fácil es perder la conexión humana.
Al mismo tiempo, aparece otro movimiento en paralelo. Tendemos a humanizar cada vez más aquello que no lo es: mascotas, objetos e incluso sistemas de inteligencia artificial empiezan a ocupar lugares emocionales que antes estaban reservados para los vínculos humanos. No es casual. El ser humano construye sentido en relación, y cuando esa relación con otros humanos se debilita, desplazamos esa necesidad hacia otros espacios.
Históricamente, incluso hemos humanizado a nuestros dioses, dándoles forma, emociones y voluntad. No porque sepamos cómo son, sino porque es la manera que encontramos de vincularnos con lo desconocido.
Hoy, sin embargo, ocurre algo distinto. Mientras expandimos nuestras formas de conexión, reducimos la profundidad de nuestros vínculos. Decimos “te amo” con facilidad, los corazones abundan en las redes, pero cuando se trata de involucrarnos, de sostener al otro o de hacernos cargo de su presencia, aparecen barreras invisibles que nos protegen… y al mismo tiempo nos aíslan.
Entonces, más que preguntarnos cómo va a ser el futuro, tal vez deberíamos preguntarnos qué tipo de humanidad queremos sostener en ese futuro.
Porque, más allá de cualquier escenario posible, hay algo que no me gustaría perder: una humanidad donde el otro importe. Donde el afecto no sea solo un símbolo, donde los vínculos no sean reemplazables y donde todavía seamos capaces de involucrarnos con el dolor, la alegría y la existencia del otro.
No porque sea perfecto.
Sino justamente porque es humano.
Si alguna vez sentiste que el otro dejó de ser una persona para convertirse en una idea…
tal vez sea momento de volver a mirarlo.


