El Espíritu de Navidad: conexión entre creación y conciencia

Ya hemos hablado de la mente y del alma, pero ¿qué hay del espíritu?
Si la mente nos permite interactuar con el universo físico mediante el lenguaje y la representación, y el alma nos conecta con la dimensión relacional y afectiva de la existencia, ¿con qué tipo de realidad se vincula el espíritu?
La respuesta no es sencilla si queremos evitar caer en metáforas gastadas como la “chispa divina”, la “esencia vital” o el “soplo de la existencia”: imágenes que, por su repetición, suelen decir más del dogma que las enuncia que de aquello que intentan señalar.
Según la conjetura que propongo, el espíritu no es una facultad humana ni una propiedad individual.
Es un campo de creación autónomo, al igual que los campos mental o álmico, que existen independientemente de nuestra conciencia, y con los cuales los seres humanos podemos interactuar de forma parcial y no intencional.
Conviene distinguir aquí entre existir y crear:
la existencia simplemente acontece; la creación, en cambio, implica la emergencia de algo nuevo, aunque esa emergencia no responda a una intención personalizable.
Qué dinámica creadora opera en el campo espiritual es algo que no podemos definir con precisión. No porque sea un misterio místico, sino porque —así como el campo álmico se escapa del lenguaje— el espiritual trasciende nuestra capacidad de representación conceptual.
Imaginemos a una mascota intentando entender por qué la dejamos sola cuando salimos a trabajar.
Con ella no nos comunicamos mediante explicaciones, sino con gestos, rutinas, tonos de voz y afectos. Hay comprensión del vínculo, aunque no haya comprensión racional de las causas.
Esa es nuestra relación con el universo espiritual: un vínculo sin palabras, pero con sentido.
La mente analiza y define; el espíritu, en cambio, experimenta la voluntad detrás de lo creado.
El universo físico tiene reglas, pero el espiritual manifiesta intenciones.
Más allá de las creencias personales, la Navidad es una celebración universal del nacimiento de una figura que encarna una relación singular con lo trascendente.
Para hacer perceptible esa conexión, la humanidad construye relatos simbólicos y culturales: traducciones imperfectas de una experiencia espiritual.
Las religiones recurren a estas narrativas no porque describan literalmente los universos intangibles, sino porque permiten que algo de ellos se haga presente en nuestra experiencia humana.
Durante siglos, la lógica moderna sostuvo que solo lo que puede explicarse desde las leyes del universo físico merece ser considerado real.
Sin embargo, los campos intangibles del alma y del espíritu no necesitan obedecer esas leyes para existir.
Nos atraviesan, incluso si no podemos medirlos.
En la Navidad —sea por fe o tradición— surge con fuerza una experiencia de trascendencia asociada al nacimiento, no a la muerte.
El espíritu es el campo que nos conecta con la expresión de voluntad creadora de la conciencia: aquello que hace que ciertos eventos sucedan.
El “Espíritu de la Navidad” no es solo una emoción colectiva.
Es la vivencia de una trascendencia que nace, como ocurre en la iluminación del Buda, la sabiduría de Zaratustra o el universo en la boca de Krishna.
Todas son metáforas culturales que señalan nuestra conexión con dimensiones donde la lógica es distinta a la de la mente.
Así como el universo físico guarda misterios aún no comprendidos, los universos del alma y del espíritu también los tienen. Habitarlos requiere silenciar la mente y aceptar que no todo puede ser explicado.
La conciencia humana no origina estos universos ni los media.
Es el espacio donde se integran sus experiencias.
El universo físico existe sin nuestra percepción, y lo mismo ocurre con los campos mental, álmico y espiritual.
Nosotros no los creamos: participamos de ellos.
No podemos interactuar con lo aún no manifestado —ese es el límite de la mente, el alma y el espíritu—, pero sí podemos unirnos con el Todo que nos contiene.
Reflexión final
Tal vez el verdadero Espíritu de la Navidad no sea una fecha ni una historia, sino un recordatorio:
la vida entera es un acto de creación que se renueva cuando logramos sentir gratitud por existir.
Cuando dejamos de buscar a Dios en los cielos y lo reconocemos en lo que nace dentro nuestro, comprendemos que el espíritu no desciende, se experimenta.
Desde tu ahora, en mi pasado, gracias por este presente.
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