La vida, mi amante egoísta: seducción, tiempo y presencia

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Cama deshecha con una bandeja de desayuno, una taza de café humeante, migas de tostadas y una prenda íntima parcialmente oculta entre las sábanas, iluminada por el sol de una mañana de invierno.
Hay encuentros que no duran para siempre, pero que pueden hacernos sentir plenamente vivos.

Ella está siempre radiante, hermosa, dispuesta, lista para dejarse amar, pero no es gratis. Solo abre sus puertas a los amantes que entienden la sutil diferencia entre seducción y conquista.

Cuando me detengo a contemplarla, me maravillo de su forma, de su presencia, de ese misterio que la rodea. La siento respirar sobre mi cara; su aliento me hipnotiza y el aroma de su cuerpo me transporta a una cabaña al costado del lago, con ventanales hacia una montaña nevada, mientras nosotros disfrutamos del calor de una estufa crepitante.

Ella es una presencia tácita, pero cuando la pienso, su ausencia me asfixia.

La han definido de muchas maneras, pero para mí la vida es ese sueño perfecto que maldigo al despertar porque se desvanece.

Una amante que no promete quedarse

Por eso digo que la vida es una amante egoísta: no viene conmigo todo el tiempo, se deja ver cuando soy yo quien la busca.

Es como el vínculo entre dos amantes que se encuentran para disfrutar de un momento de pasión, con la certeza de que no será para siempre, sino que se trata de un acuerdo de mientras dure.

En todo caso, el para siempre es un pacto con esa compañera fiel que nunca nos va a decepcionar ni a abandonar: la muerte, la más leal, permanente e inmutable de todas las ideas que el ser humano ha dado a luz. Pero a ella, a quien algún día le entregaré mi vida, le debo su propio relato.

Comprender el vínculo con la vida como un pacto de momentos y encuentros nos obliga a planificar esas citas con el compromiso de que se vuelvan inolvidables. Que su agenda sea amplia no debe hacernos creer que va a convertirse en el desayuno de todos los días.

No, no te confundas; la vida es el café del domingo, la que huele a tostadas con el sol tibio entrando por la ventana. La mañana de sábanas suaves y aromas de primavera. La que, con una sonrisa, te despierta después de una noche de pieles mojadas y besos frenéticos.

Es la que te recibe en su casa con una cena de velas y música lenta. La que te desviste y se deja desnudar, dejando que los cuerpos se encuentren antes de volverse uno.

La vida es ese mensaje que deseamos recibir: «Te espero», «Quiero verte»; ese que nunca llega. Es la amante sin horarios, la que vive indiferente a nuestra presencia. Ella sí se deja amar, pero con la condición de ser uno el que sepa encontrarla.

Sí, la vida es una amante egoísta, porque no viene a nosotros a buscarnos, no va a estar ahí cuando la necesitemos, ni le va a importar si no le damos nuestro tiempo. Es indiferente a nuestros planes, logros o emociones. Ella está para que disfrutemos, pero sepámoslo bien: en el momento en que dejamos su cama, solo seremos nostalgia.

Seducirla es estar presente

A la vida hay que seducirla, buscarla en cada detalle, ofrecerle tiempo y presencia, hacerla sentir importante para nosotros, hacerle saber que cada segundo a su lado es un momento de gloria. Nosotros le podremos prometer amor eterno, pero ella siempre responderá con un «Disfruta el momento, tal vez mañana ya no quiera verte».

Saber que cada encuentro puede ser el último me obliga a disfrutarla en su propio aquí y ahora. Y cuando se vuelve memoria, cuando ya no estoy a su lado, son los recuerdos los que me hacen sentir vivo.

Mi poema favorito

Es mi poema favorito, ese que nunca olvido, pero que poco frecuento.

A veces me enojo con ella, porque quiero que sea distinta. Que sea una compañera presente, una de esas que me acompañe cuando estoy mal, que me comprenda, que me ayude en los momentos difíciles, que me llame para saber que le importo.

Ella sonríe. Está tan segura de cuánto la amo que no necesita fingir, ni le importa. Si no soy yo, será otro, o no será ninguno. No necesita de nadie y tiene la certeza de que lo sé.

El egoísmo de quien no aparece

A veces estoy tan ocupado con mis propios proyectos que me olvido de mandarle mensajes, de contarle lo que hago, de pensar en ella. Y esos días no la veo, no la pienso y no la disfruto.

Sí, mi vida es una amante egoísta, pero sin ella mi existencia no tiene sentido.

Y ahora, mientras la describo, me doy cuenta de algo: le suplico que me busque, que esté cuando la necesito, que sea mi compañera. Pero ¿cuántas veces soy yo el que no aparece? ¿Cuántas veces tengo la oportunidad de encontrarme con ella y elijo otra cosa? ¿Cuántas veces estoy tan ocupado pensando en lo que quiero construir, conseguir o alcanzar que me olvido de disfrutar de lo que ya está sucediendo?

Tal vez ella no sea tan egoísta. Tal vez soy yo quien pretende que la vida se adapte a mis tiempos, a mis necesidades y a mis expectativas, mientras postergo los encuentros que en mis sueños tanto valoro.

Es tan egoísta que hasta me hace pensar que, al final, el amante egoísta soy yo.

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