Cuando tener más posibilidades no significa tener más sentido.
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En la era de la autoproducción del yo, los desafíos se nos multiplican. La utopía de la humanidad de que, a medida que la ciencia, la tecnología y el conocimiento avanzaran, la vida iba a ser cada vez más simple, parece que no se va a cumplir.
Al contrario, a medida que necesitamos menos tiempo para alcanzar los elementos que nos permiten la supervivencia, la necesidad de encontrar un camino que nos guíe hacia la felicidad o el sentido se nos hace más borrosa. Y, como pasa en todas las épocas, añoramos lo que ya no tenemos, porque sentimos que era mejor que lo que va a venir.
Esta añoranza se explica, en parte, porque para el ser humano una de las frustraciones más traumáticas es no saber qué sentido tiene lo que está haciendo o cuál es el para qué del esfuerzo que va a realizar.
Cuando el propósito venía dado
En el pasado, la patria, Dios y la familia daban al sujeto la sensación de propósito. Cualquier empresa que se acometiera con estos estandartes tenía un sustento de sentido que permitía sentirnos plenos en todas las fases de su desarrollo. Cuando la diseñábamos, la gestionábamos e, independientemente del resultado, la aventura tenía sentido y resultaba satisfactoria.
Este beneficio fue parte de la humanidad hasta la llegada de las nuevas tecnologías y se sigue diluyendo en la medida en que la idea del trabajo como una necesidad también se desvanece.
El esfuerzo dejó de ser una obligación
Para las generaciones que nacieron desde 2010 en adelante, las llamadas generaciones Alfa y Beta, el trabajo no es necesariamente una necesidad, sino una opción más que les requiere algo que antes no era opcional: hacer el esfuerzo para alcanzar las metas. Hoy el esfuerzo no es una obligación para alcanzar la comodidad; al contrario, es una contradicción inherente a la nueva manera de comprender el mundo.
¿Si estoy cómodo sin hacer nada, para qué debería incomodarme? La pregunta es tan lógica que a las generaciones anteriores nos deja casi sin palabras. Y, si bien podríamos recurrir a las respuestas que usamos en nuestro día a día para interactuar con el mundo en el que vivimos, a ellos no les resultan necesariamente útiles en el mundo en el que ellos viven.
El puente que todavía tenemos que construir
Estamos en un momento donde debemos hacer un esfuerzo para tender nuevos puentes que les permitan a las nuevas generaciones comprender de qué se trata nuestro mundo y, al mismo tiempo, que ellos hagan el esfuerzo de ayudarnos a nosotros a visualizar cuál es el mundo que esperan habitar.
Sin embargo, hay un problema importante para la construcción de este puente, y es que para nosotros hacer el esfuerzo es parte de nuestra naturaleza, mientras que para ellos es una elección que solo van a hacer si encuentran un sentido o un propósito.
Cuando el legado deja de ser suficiente
La trascendencia que para las generaciones anteriores a 2010 estaba asociada al legado que podíamos dejar, para las nuevas generaciones no parece ser una preocupación central.
La aparente apatía frente a los proyectos y la permanente búsqueda de la satisfacción momentánea generan esta imposibilidad de construir un futuro donde ellos se vean como actores principales y necesarios. Y eso es lo que para nosotros representa un problema, porque la humanidad siempre se vio con la obligación de ser protagonista para delinear su futuro. Hoy, eso ya no parece ser una prioridad.
¿Qué sentido tiene construir el puente?
La pregunta es simple: ¿qué podemos hacer para construir este puente? La respuesta es más compleja: si del otro lado no hay interés ni necesidad, ¿qué sentido tiene construirlo?
Emprender en la era del propósito tácito era más sencillo. Hacerlo en la era del propósito indefinido es un desafío que solo se va a dar en aquellos que quieran ser parte de una humanidad con sentido.



