Las fotos del abuelo, una historia de gratitud.

El abuelo de mi mejor amigo pronunció esa frase poco antes de morir.
Durante mucho tiempo nos preguntamos qué habría querido decir; porque, aunque parece una sentencia simple, encierra la sabiduría de quienes ya no esperan nada, porque lo han entregado todo.
Hace unos días, su abuela también falleció.
En sus manos encontraron un álbum con setenta y ocho fotografías: catorce del abuelo solo, cincuenta y tres de ambos y once de la abuela sola.
Todas habían sido tomadas un 31 de diciembre.
Lo más impactante no fue solo el registro de gran parte de sus vidas, sino las palabras escritas al dorso.
Mateo, el abuelo, era hijo único y había quedado huérfano en su infancia tras un accidente de tránsito.
Por infortunios de la vida, su única herencia fue una cámara de fotos.
Eso nos lo contó el tío de Luis durante el funeral.
Esa cámara contenía un rollo que Mateo, por dificultades económicas, no pudo revelar hasta que cumplió catorce años.
Cuando por fin tuvo las copias en sus manos, se reencontró con sus padres el día previo al accidente.
En las imágenes estaban los tres, sonrientes, disfrutando de un día de campo; un recuerdo que la tragedia del viaje de regreso había borrado de su memoria.
Desde aquel día, Mateo decidió vivir siempre con una sonrisa de agradecimiento, sin importar las circunstancias.
Aunque Mateo no era una persona comunicativa ni demostrativa con sus afectos, en su interior existía un universo repleto de gratitud.
Trabajó como empleado de comercio casi toda su vida hasta jubilarse.
No viajó por el mundo ni pudo comprar el auto de sus sueños; las vacaciones que todos recordaban fueron aquellas en las que lograron ir en familia a Mar del Plata, gracias a que el abuelo acertó con uno números en la lotería de Santa Fe.
Su vida no tuvo eventos que sobresalieran por encima del promedio.
Sin embargo, con una simpleza magistral —como suelen tener los sabios—, nos dejó una lección que me cambió la vida.
Desde el día en que reveló aquellas fotos, comprendió que la vida solo se disfruta siendo agradecido.
En ese álbum no había sueños ni metas por cumplir, solo momentos que él valoraba por haberlos vivido.
Para él, la simple experiencia de estar vivo ya era motivo suficiente para dar las gracias.
Por eso, cada 31 de diciembre decidió tomarse una foto y escribir al dorso las diez cosas que le agradecía al año que se iba.
Fue una actividad que luego compartió con Irma, y que ella continuó incluso cuando él ya no estaba.
En el funeral, el álbum estaba allí para quienes fuimos a acompañarlos.
Leer setenta y ocho años de gratitud hizo que la muerte no fuera una tragedia, sino una celebración de la existencia.
En la última foto de ambos, antes de que Mateo e Irma hicieran un impás hasta volver a encontrarse, él había escrito:
“Agradezco verme al espejo con mis arrugas y mi pelo blanco.”
Al leer esa frase comprendí que, efectivamente, los mejores años de mi vida son los que viví.
Desde tu ahora, en mi pasado, gracias por este presente.
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